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Opinion

¡Oye, yo tengo más enfermedades que tú!

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Conversar sobre los problemas de salud es un agradable entretenimiento para muchos. Mi madre lo practica. Hace meses, compungida, me expresó que en ocasiones su vista estaba algo borrosa y que, aunque pronto cumpliría 91 años, temía que necesitara algún tratamiento o lentes permanentes para leer. Le dije que era una privilegiada por apenas tener eso, pues sus cinco hijos usábamos espejuelos desde jóvenes.

En su hogar, la matrona recibe decenas de llamadas telefónicas al día. Uno de los temas recurrentes es el de los achaques. Aunque respeto la privacidad ajena, lo confieso sin complejo de culpa: ¡me encanta prestar atención a esos diálogos, sobre todo cuando tengo que imaginar los de la otra persona! Les comparto un episodio reciente.

Suena el celular. Mi progenitora lo toma: —¡Saludos, Elsita, espero que estés bien, soy Fulanita. —¡Hola, qué alegría siento, precisamente ahora mismo pensaba en ti!, le responde. Y así se inicia una sutil, y a veces intensa, competencia en la que cada una procura demostrar que padece más enfermedades que su interlocutora.

—Elsita, desde hace días quería comunicarme contigo para saber de ti y de tu familia; pero no creas que no haya querido hacerlo, se me ha complicado, tengo unos dolores de espalda que me están matando y, ahora que se acerca la Navidad, ojala no empeore. Saldré adelante, ¡Dios es compasivo!

—¡Cuánto me apena escuchar eso! —reacciona mi madre—, aunque la que ha estado con quebrantos soy yo. Hay un virus gripal que me tiene tumbada en la cama. Estoy tomando vitamina C y un té que me recomendó Eridania. Y debo mejorar, porque esta noche me invitaron a dos importantes actividades. ¡Dios es misericordioso!

—¡Eso no es nada, Elsita! Yo tengo un terrible malestar en el pecho, un cosquilleo mezclado con tormentosos calambres. Si no creyera en San Antonio, juraría que es un “mal de ojo” que me echó la vecina. Y, además, tengo catarro igual que tú, pero el mío sí que es grave. Al menos tienes un hijo médico a quien llamar.

—¡Óyeme bien! No creas que porque ando mucho no tengo dolencias. ¡Es más, en este momento no puedo ni levantar el brazo izquierdo… o el derecho, no estoy segura!  Ya debo terminar, te devuelvo más tarde, ¡déjame tomar mis medicinas, porque, sin dudas, tengo más malestares que tú!

Mi madre, como indiqué, tiene casi 91 años y Fulanita 83. Y como las conozco bien, les aseguro que se tratan como hermanitas, están llenas de vida y siguen siendo útiles a la sociedad. Las inteligentes damas se divierten sumándose al juego “Quien está más sanamente enfermo, gana”. Y usted, ¿también disfruta de ese pasatiempo?

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