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Opinion

¡No son domésticas, son trabajadoras del hogar!

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Les dicen, con razón, “señoras del servicio”: son servidoras. Es un privilegio contar con su ayuda. La mayoría son mujeres, especialmente cuando hay niños. Muchas inspiran confianza y, en ocasiones, llegan a formar parte de la familia. Conocen nuestros problemas cotidianos, a veces mejor que los amigos. Son nuestras llamadas “trabajadoras domésticas”. Ser buena persona implica respetarlas y valorarlas.

Sin ellas, a muchos se nos dificultaría producir para vivir; seríamos casi esclavos en nuestras propias moradas, que requieren atención y cuidado día tras día. Gastaríamos nuestros chelitos en restaurantes o tendríamos que preparar la comida en nuestras cocinas, tragándonos cada bocado a toda prisa, porque nuestros compromisos en la calle no resisten espera.

Sin ellas, nuestras casas no estarían tan limpias y organizadas. Habría ropas tiradas, platos sucios y un sinnúmero de asuntos pendientes. Tampoco podríamos asistir con tanta facilidad a las actividades propias de los adultos, porque no tendríamos con quién dejar a los chicos. Sin su apoyo, se nos complicaría llegar puntuales al colegio con nuestros hijos. Siempre están ahí, muchas veces sin un horario definido.

En esencia, hacen sacrificios por nosotros. Lo triste es que muchos no nos damos cuenta y somos más solidarios con los extraños que con quienes nos asisten diariamente, cuidando a nuestra prole como una madre y dispuestas a ocuparse de mil tareas para nuestra comodidad.

Hace unos días, el presidente Luis Abinader afirmó que resultaba despectivo el término “doméstica” para referirse a las personas que realizan labores en el hogar. Textualmente dijo: “Yo creo que hasta la palabra doméstica es insultante, eso hay que ir eliminándolo”.

Analicé detenidamente las palabras del jefe de Estado. Tradicionalmente, nuestras sociedades no han considerado peyorativo el vocablo “doméstico” cuando se refiere al trabajo, pues lo relacionan con el lugar y la naturaleza de las labores realizadas. De hecho, nuestro Código de Trabajo denomina “trabajadores domésticos” a quienes se dedican de manera habitual y continua a las labores de un hogar o residencia particular, siempre que estas no impliquen lucro o negocio para el empleador.

Pero debemos evolucionar en nuestra manera de entender los conceptos y evitar malas interpretaciones, sobre todo, si hay soluciones sensatas. El verbo “domesticar” comparte su origen etimológico con la palabra “doméstico”. Domesticamos animales salvajes para acostumbrarlos, mediante cierto grado de disciplina, a convivir con nosotros. La comparación invita a reflexionar.

Por ello, en la necesaria modificación de nuestro Código de Trabajo y, especialmente, en nuestras conciencias, llamémosles “trabajadoras y trabajadores del hogar”, no “domésticos” o “domésticas”. No es un simple cambio de términos. Es una manera de reconocer su importancia, valorar su trabajo y respetar, cada día más, la dignidad humana.

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