Opinion
¡La inteligencia silvestre del dominicano!
Tengo más de tres horas escuchando a una chica cantar dembow y bachata. Se sabe todo a la perfección. ¡Tiene un cerebro asombroso! Al preguntarle si estaba estudiando, me contestó: «No, señor, yo no tengo memoria para las letras, por eso dejé de ir a clases; los profesores me decían bruta, y mi familia me reprochaba que ni el nombre de los Padres de la Patria me aprendería». ¡Je, je! En mi caso, salvo composiciones muy famosas, me enredo al intentar recordar algunas estrofas.
También he observado a verdaderos genios del análisis matemático jugando dominó. Casi desde el inicio de la partida conocen las fichas que tienen los demás, lo que jugará o debe jugar cada uno y los previsibles resultados. Y, al final, apenas con un vistazo, cuentan los puntos sin equivocarse, como el mejor académico alemán de ciencias exactas. ¡Y algunos de ellos son analfabetos! Y yo, dizque culto ajedrecista, solo gano cuando la suerte coloca los rectangulitos por mí.
En una zona costera conversé con un mozalbete que aprendió varios idiomas simplemente relacionándose con los turistas. Confieso que me dio “sana envidia’, expresión que no sé si existe. Nunca leyó un libro de las leguas de Cervantes, Shakespeare, Dante, Camus o Goethe. Y yo, que he realizado todos los cursos habidos y por haber de inglés y francés, aquí y en el exterior, apenas hablo español.
Hace años, en familia, compartimos con un pariente y su pequeña hija. Su retoño era un prodigio tocando la guitarra y no había pisado una escuela de música. Era una magnífica autodidacta, dotada para interpretar “El cóndor pasa” y “Zorba el griego”. ¡Caramba! Y yo que estuve dos meses como alumno de un profesor calificado para enseñar las virtudes de ese instrumento y solo conseguí ampollas en los dedos y, a veces, interpretar breves acordes del canto religioso “Señor ten piedad”. ¡Y ni el Señor tuvo piedad de mí para ayudarme a descifrar las cuerdas!
Último caso. Visitaba el hogar de un amigo, ingeniero civil de profesión. Su esposa había comprado uno de esos muebles que requieren ser ensamblados. Me solicitó ayuda. Iniciamos, emocionados, sacando las unidades de la caja; luego, leímos las instrucciones, jurando, erróneamente, que las comprenderíamos fácilmente. Una pieza por aquí, otra por allá, discusiones y acusaciones mutuas de torpezas… hasta que se acercó el joven nieto del jardinero de la casa. En un santiamén, sin tocar el manual, colocó cada cosa en su lugar. Al menos tengo una excusa: soy abogado.
El dominicano tiene un talento natural extraordinario. ¡Imaginen lo que lograríamos si contáramos con un buen sistema educativo capaz de descubrir, cultivar y potenciar tantas inteligencias silvestres!
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