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Opinion

Mi ventana óptica – El nuevo Santana

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Cuando la cooperación internacional amenace la soberanía nacional, los episodios históricos, por su trascendencia, deben permanecer en la conciencia ciudadana; como la anexión a España, del 18 de marzo de 1861 por Santana, después de haber encabezado la lucha por su independencia ante Haití.

La negación de un proceso proclamado el 27 de febrero de 1844, sometiendo al pueblo a la determinación extranjera y abriendo una herida histórica solamente cerrada por la Guerra de la Restauración, y hoy, a casi dos siglos después, Santana vuelve al debate; asociado a acciones entreguistas de Abinader quien, con su agenda, compromete su destino con organismos internacionales.

Pero compararlo al líder de los hateros, es una ofensa inmerecida a quien todo lo entregó por una causa, diferente a quien, sin méritos algunos, alcanzó el poder para destruir su legado; ridiculizando el sacrificio de nuestros prohombres. Santana fue una figura contradictoria sí, pero como militar de prestigio, protagonista de las luchas independentistas y primer presidente constitucional, mantiene un prestigio bien ganado.

Su decisión estuvo acompañada de argumentos relacionados con la seguridad, la estabilidad y la necesidad de encontrar una potencia que garantizara la supervivencia como país, nada parecido al presente. Él, erróneamente consideró que en esos momentos no podíamos sostenernos debiendo enfrentar a Francia y a Napoleon Bonaparte, y es entendible entonces, que buscara arreglos con la Madre Patria, donde está nuestro origen para bien o para mal y siendo así, aunque no debe reposar al lado de los héroes ofendidos, no puede ser comparado con un oportunista, colocado en el poder para complacer a enemigos de la República Dominicana.

La anexión no produjo la estabilidad prometida, por el contrario, generó resistencia, indignación y una guerra que devolvió al pueblo el derecho de autogobernarse, la reafirmación de que la Independencia Nacional no constituye una concesión de ninguna potencia, sino un derecho irrenunciable del pueblo. No hablamos de cualquier acontecimiento, invocamos uno de los capítulos más dolorosos de nuestra historia republicana, que demanda respuesta contundente ante semejante afrenta.

Abinader ha desarrollado una política exterior sobre la crisis haitiana que no es de su incumbencia. En septiembre de 2026, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, volvió a reclamar mayor intervención de la comunidad internacional frente al problema haitiano, una misión reservada para quienes dicen gobernar el vecino país y no suya, ha concentrado más esfuerzos en el tema haitiano, que en resolver los males del país que dice gobernar, mientras por la frontera nos invaden de indocumentados.

La crisis haitiana, la violencia de bandas criminales, debilidad institucional, colapso de los servicios públicos y la incapacidad del Estado haitiano para garantizar seguridad a sus ciudadanos representa una amenaza a la estabilidad de la región, pero existe una diferencia bien marcada, entre reclamarle a la comunidad internacional asumir su responsabilidad y permitirle que esta determine las obligaciones dominicanas con un problema que no hemos creado.

No permitiremos que nos conviertan en el territorio donde descargar las consecuencias de la incapacidad internacional sobre Haití. Tampoco que los derechos humanos sean utilizados como argumentos para desconocer nuestras leyes migratorias o el derecho a vivir con seguridad en nuestro territorio. Nadie puede disponer de nuestra soberanía. Ninguna potencia extranjera puede imponer el destino de nuestra nación sin levantar la indignación colectiva de un pueblo respetable. Santana creyó equivocadamente en la anexión y cosechó el desprecio generalizado; y esta vez el repudio será mayor. El país demanda de una diplomacia firme y una política exterior que coloque la dignidad nacional por encima de conveniencias circunstanciales. Debemos relacionarnos con el mundo, pero sin poner en juego nuestra identidad, capacidad de decisión y derecho a determinar nuestro propio destino.

Por Alejandro Almánzar

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