Opinion
¿Se puede confiar en la gente?
Hace días, en Santo Domingo, unos jóvenes fueron sometidos a la justicia, acusados, entre otros delitos, de quitarle la vida a la esposa de un reconocido artista, quien, a su vez, resultó con heridas de consideración. Se informó que el motivo original era el robo.
Por diversas razones, fue un caso doloroso e impactante, porque había imputados cercanos a sus víctimas. Cuando algunos ciudadanos se referían al tema, exclamaban con sano enojo: “¡No se puede confiar en la gente!”. La historia nos presenta hechos similares, en los que personas allegadas a famosos los llevan “al más allá”.
Pondré dos ejemplos, aunque no está el más relevante: es el de Jesús y Judas. El emperador Julio César, en Roma, fue herido de muerte por un grupo de senadores. En la trama participó Bruto, de su entorno. De allí provino la lapidaria expresión que la tradición atribuye a César: “¿Tú también, hijo mío?”.
En México, en 1940, a León Trotski le clavaron un piolet en el cráneo. El responsable fue el español Ramón Mercader, quien había logrado infiltrarse en el círculo de Trotski por instrucciones de Iósif Stalin, su enemigo, y líder, en aquel momento, de la Unión Soviética.
Por ello, no es de extrañar que nos cuestionemos: ¿Se debe confiar en la gente? ¿Hay peligro en confiar? ¿Cuál es el grado de confianza permitido? Pero hay una pregunta esencial: ¿somos nosotros dignos de confianza?
Desde joven he decidido confiar razonablemente en el prójimo y en mí mismo, tomando en cuenta que, si llegara a dudar, cedo la decisión a mi intuición. Ser así me hace libre de las cadenas que imponen los delirios de persecución. Tengo una excepción: confío poco en quien desconfía hasta de su sombra.
Prefiero que dos o tres me engañen antes que cerrar mi corazón y negar mi mano solidaria a quien la solicite. Si pierdo monedas, me desilusionan o me traicionan por pensar y actuar así, lo asimilo como un aceptable precio por la felicidad que siento al creer en el ser humano.
Sé que, en ocasiones, seré presa del engaño; que podrá engatusarme un 1 % o un 3 % de las personas con quienes trate. Aun así, prefiero asumir ese riesgo antes que vivir bajo la sospecha permanente de aquello que me rodea, de ver un enemigo en cada esquina. Confiemos en la gente, con precaución, sin pecar de ingenuos. Sospechar de todo es un atentado mortal contra nuestra paz.
Mientras tanto, que se haga justicia contra aquellos que traicionan una noble palabra: confianza. Ese hecho, cuando viola la ley, debería recibir la pena máxima. ¡Confiamos en el Ministerio Público y en el Poder Judicial!
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