Opinion
Mi ventana óptica – Rieles sobre el mar
¿Veremos trenes conectando continentes? Hace tiempo, hablar de viajar entre continentes en cuestión de horas parecía fantasía. Eran fronteras infranqueables, que cruzarla, significaba semanas de navegación, hasta que los transatlánticos y la aviación comercial acortaron esas distancias. Pero la humanidad se caracteriza por superar sus propios récord e inmediatamente comienza a preguntarse cuál será el siguiente y una de esas podría estar debajo del mar. China ya debe estar mirando hacia ese objetivo, construyendo trenes de altas velocidades, algunos alcanzando hasta 600 kilómetros por hora. Y viendo esa visión del gigante asiático, consulté a la IA sobre la pregunta inicial, y esta sostiene que, aunque la idea parezca ficción, ver trenes viajando por debajo del océano dentro de un gigantesco túnel o tubo conectando continentes, sin necesidad de navegar ni volar es probable. No sería mediante rieles en el fondo del océano como las vías convencionales, sino mucho más sofisticada, un sistema cerrado, protegido de la presión del agua, en el que trenes eléctricos posiblemente, mediante levitación magnética, se desplacen a velocidades superiores a los actuales.
Conectar a Nueva York y Londres, atravesaría aproximadamente 5.500 kilómetros de océano. Semejante proyecto está lejos de ser viable desde lo económico y tecnológico; pero nada impide imaginarlo, el problema sería cómo construirlo, pues un túnel transatlántico no sería sólo hacer una versión del que comunica a Inglaterra y Francia. El túnel del Canal de la Mancha tiene unos 50 kilómetros, mientras el Atlántico posee miles de kilómetros de extensión y profundidades que, en determinadas zonas superan los 8.000 metros. Además, debajo del océano existe una geología dinámica. Está la Dorsal Mesoatlántica, existen placas tectónicas, actividad sísmica y volcanismo submarino. Semejante estructura tendría que resistir durante décadas, quizás siglos, terremotos, corrosión, presión, movimientos geológicos y temas ambientales. Este tren del futuro no descansaría necesariamente sobre el fondo oceánico. Una posibilidad teórica sería, construir un tubo submarino suspendido a determinada profundidad, sostenido mediante sistemas de anclaje y flotación. Otra sería, perforar el subsuelo marino combinando tecnologías con una nueva generación de materiales, sensores y robots, capaces de inspeccionar y reparar permanentemente la infraestructura, sin exponer a humanos a semejantes profundidades; donde la inteligencia artificial tendría un papel fundamental. Si algún día llegara a desarrollarse un sistema de tubos de baja presión con trenes de levitación magnética, las velocidades podrían ser extraordinarias. La ausencia de gran parte de la resistencia aerodinámica permitiría concebir velocidades muy superiores a las de los trenes convencionales, cambiando completamente nuestra percepción de las distancias.
Nueva York y Londres podrían dejar de ser ciudades separadas por un océano y convertirse, desde el punto de vista del transporte, en destinos conectados por una línea ferroviaria. París, Londres, Nueva York, Montreal y otras ciudades formarían una red intercontinental y el concepto de “extranjero” adquiere incluso, otra dimensión. Una persona que vive en Nueva York necesita un avión para llegar a Europa, en ese futuro planteado, entraría a una estación ferroviaria, abordaría un tren y aparecería en Londres pocas horas después, donde el océano dejaría de ser barrera infranqueable. Y la vida marina ¿Qué?
El océano es un mundo extraordinariamente complejo, habitado por millones de especies y atravesado por corrientes, rutas migratorias y cadenas alimentarias. Por lo que, durante la construcción, el impacto sería considerable. Las perforaciones, explosiones, movimiento de sedimentos y el ruido submarino afectarían a ballenas, delfines, peces y otros. Las ballenas, en particular, dependen enormemente del sonido para comunicarse y orientarse en sus travesías. Por eso, los “rieles sobre el mar” obligaría a desarrollar una ingeniería completamente nueva, que no sólo calcule cuánto cuesta construirlo, cuánto tarda y cuánto transportaría, sino sus efectos colaterales. Un tubo completamente cerrado aislaría parte del ruido generado y determinadas estructuras submarinas podrían incluso, convertirse en superficies colonizadas por organismos marinos, como sucede con estructuras artificiales sumergidas.
Por Alejandro Almánzar
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