Por ella, nos adentramos en lo pretérito. Rescatamos historias, colores y olores de lugares y personas. Volvemos a ser niños, a succionar el pecho generoso de mamá, a sentir su aliento y su mimo, a llorar, hablar y reír sin pedir permiso, a vivir sin filtros; a jugar con nuestro juguete favorito, a remontarnos a cuando, por vez primera, aprendimos a montar en bici, a cuando descubrimos el azul infinito del mar —su olor, su sabor y su canto—, a cuando nos sumergíamos en sus olas danzarinas, nos enterrábamos en su arena y nos dedicábamos a contar estrellas.

Nos embelesaban la luna con su ancestral silencio y el sol con su fuerza de fuego. Debutamos en el amor. Desempolvamos así los recuerdos del primer beso, de su furtivo encanto; recordamos a nuestra novia primera. Rememoramos cuando queríamos ser bomberos o astronautas de adultos. Leímos el primer libro.

Recreamos eventos clave de nuestro andar y desandar por la vida: nuestras graduaciones en el colegio y en la universidad, nuestra boda o el nacimiento de nuestra prole. Identificamos rostros y nombres de seres queridos, de compañeros de nuestro tránsito por la vida; recordamos cuando viajamos por vez primera en avión, barco o tren. Por la memoria volvemos a ser felices, a llorar frente al espejo o ante una fotografía añeja que nos interpela y nos toca el corazón, a repasar el devenir de nuestros días y noches idos, a revivir lo vivido.

La memoria nos conecta con el presente. Nos permite oler el aroma de la flor, saborear el néctar de la miel, deleitarnos con el alba o el ocaso, acariciar el rostro de mi amada, embrujarnos con los colores de la primavera, entristecernos por el amigo que partió, reír por el chiste que nos hacen y ponerle pasión a lo que hacemos. Me permite apreciar el libro que leo y los garabatos que ahora hago al escribir estas líneas, levantarme y agradecerle al Señor el nuevo día que nos regala, así como valorar los ejercicios que hago cada mañana y las calorías que quemo al hacerlos.

Ella misma es la que nos permite también tener nuestro propio afán cada día: trabajar, agotar agendas, desentrañar sus vericuetos, vencer sus obstáculos, regocijarnos con los logros alcanzados y entristecernos con los problemas sobrevenidos y no superados. La memoria del presente nos permite pensar, correr, bailar, saltar, abrazar, leer, amar y ser amados, odiar, rezar, soñar, oír, cantar, perdonar, no hacer nada y cuidar al que no la tiene; en fin, vivir. Nos enlaza con el único tiempo disponible, el real: el presente, el que depende de nosotros; no con lo que pasó ni con lo que vendrá. Como nos recordaba Borges: «Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos».

La memoria es, asimismo, la que nos lleva a proyectarnos al futuro: a visualizar eventos venideros, planificar acontecimientos, acariciar días por llegar, viajes por emprender, lugares por descubrir o redescubrir y hábitos o habilidades por dominar; a vislumbrar metas por lograr, a sentir temores ante eventos imaginarios o inciertos que podrían producirse, a ver después de la curva. Son las alas que nos llevan a soñar: ver a los hijos crecer, casarse, ser felices, tener hijos, ser abuelos. Envejecer y partir.

Es una brújula que nos marca los senderos por recorrer en un porvenir próximo, cercano o lejano. No importa.

La memoria, pues, tiene recovecos que nos atrapan, sin importar el tiempo en que la conjuguemos. Constituye una sinergia que nos potencializa como personas. Es muy triste, pues, perder la memoria, perder este disco duro que nos hace humanos.

Sin embargo, usualmente, por la vorágine de vivir atrapados en el pasado, en el presente o en el futuro, prescindimos de su magia, de ese tinglado de neuronas y complejos tejidos nerviosos que la integran y nos hacen seres únicos e irrepetibles. En fin, somos entes pensantes, con la obligación perenne de cuidarla, por ser una función cognitiva insuperable y un alter ego imprescindible para el milagro de vivir.