Son memorias que su autora, Milagros de Jesús de Féliz, cuenta con dureza, pero también con muchísima gracia y amor. Ella es un duende que ha hecho del servicio voluntario a estos huérfanos de la fortuna un verdadero testimonio de vida cristiana. La obra fue puesta en circulación hace unos meses en Santiago de los Caballeros y ya ha sido traducida al inglés. Además, será relanzada el viernes 27 de noviembre de 2026 en Nueva Jersey, como lectura complementaria en Princeton High School. Varios de los relatos aquí recogidos han sido publicados y premiados en antologías de Argentina, Chile y otros países.

El doctor Bruno Rosario Candelier, director de la Academia Dominicana de la Lengua, nos dice en el prólogo: «Esta estremecedora narración de Milagros de Jesús de Féliz no es una narración literaria en el sentido de ficción, sino una serie de estampas, cuadros de costumbres y vivencias testimoniales formalizadas en una narración sociográfica. La autora no inventa ni fabula, ni añade ni hermosea lo que los protagonistas del dolor y el vejamen le han contado».

El libro está cuidadosamente organizado para facilitar su comprensión y, en especial, para respetar en todo momento la dignidad que merecen sus protagonistas. Cada relato está encabezado por un breve comentario de diferentes colaboradores y concluye con un glosario de conceptos fundamentales para recorrer mejor las sorprendentes estaciones que integran sus 380 páginas. Se recomienda que su lectura sea sosegada, sin prisa, para aprovechar mejor el ímpetu y el sentimiento que brotan de su narración.

Confieso que escoger las historias más impactantes de este manojo de dramas, sueños, llantos y esperanza no ha sido tarea fácil. Cada crónica tiene una fuerza emotiva propia que se erige en una voz añeja y sentida que implora ser escuchada para quebrar el silencio. Por esto, me permito compartir solo tres de ellas.

La primera alude a un personaje que ha marcado con alegría, durante un cuarto de siglo, a la fanaticada aguilucha: su carismática mascota, el Aguilita. Para nuestra agradable sorpresa, la vida de Jochy Taveras —quien ha encarnado ese personaje— está relatada en la obra. Antes de desempeñar este ameno oficio, Jochy fue un niño con una historia convulsa y difícil, pero digna de conocerse. Él mismo confiesa: «Fui limpiabotas, canillita y trabajé en todo oficio sano que me ayudara a salir adelante. Así llegué a Acción Callejera a finales del año 1988». Esta es, precisamente, la fundación en la que la autora prestó sus servicios durante décadas. Jochy agradece a la entidad y a sus educadores haber contribuido a que se convirtiera en el hombre de bien que es hoy.

La segunda lleva por título «En el ombligo del infierno», una historia que califica para una novela o una serie de Netflix. Narra la triste vida de Juancho, un niño proveniente del árido sur profundo, nacido y criado en un prostíbulo. El mundo de ambos, el suyo y el de su hermanita, estaba marcado por el alcohol, la música estridente, la violencia extrema y la degradación. Como él mismo narró: «Un día, casi al amanecer, sentí la cama mojada y pensé que me había orinado, pero no era así. Mamá se había desangrado y estaba muerta encima de mí. Alguien había acabado a puñaladas con su vida, y ella vino a morir conmigo». Poco tiempo después, fue testigo de otra tragedia: su padrastro, el «maipiolo» de su madre, apareció colgado en el mismo cuarto donde dormían. Posteriormente, Juanchosupo de la violación de su hermana menor a manos del mismo hombre que había matado a su madre. Me reservo lo que hizo a los trece años al saberlo, cómo llegó a Santiago y el azaroso final que le deparó la vida, para incentivar su lectura. De seguro les tocará el corazón. Como bien comentó la periodista Altagracia Salazaral valorar este relato: «El camino hacia el cielo es largo y difícil para quienes llevan la marca de la peor de las pobrezas: la orfandad».

La tercera y última de las historias que he seleccionado es la de Miguel, titulada «Ahora es que falta mambo». Como los demás, Miguel es hijo de la violencia, la pobreza y la indiferencia. En ella se relata cómo, desde muy corta edad, presenciaba las golpizas salvajes que su padre propinaba a su madre y a otros miembros de la familia, así como las vicisitudes que enfrentó en las calles para ayudar a los suyos a subsistir. Al mismo tiempo, el relato entrecruza sus sueños de superar ese lastre de terror con el encomiable aporte de Acción Callejera a su proceso. A Miguel lo conocí personalmente, pues la semana pasada acompañó a la autora a una peña sobre la obra, organizada en nuestro despacho profesional. Fue una experiencia que caló hondo en todos los presentes.

Este libro es, en fin, un llamado a la conciencia. Es una invitación a sensibilizarnos frente al otro, en particular frente a los rostros de los niños, niñas y adolescentes que viven y trabajan en las calles en condiciones de vulnerabilidad —como esos que a diario nos tocan el cristal de nuestros vehículos—, a ser compasivos con su dolor y a no negarles, al menos, una sonrisa y una palabra de aliento.

Al mismo tiempo, es una oportunidad para clamar por un mayor apoyo gubernamental y privado a la Fundación Acción Callejera. Solo así podremos construir una mejor sociedad y dormir con la conciencia tranquila, pues, como expresa la autora: «Si al cerrar estas páginas nuestra mirada hacia la niñez vulnerada se transforma, este esfuerzo habrá cumplido su propósito: sembrar humanidad donde el dolor sigue siendo parte del paisaje y la indiferencia, ley».