Opinion
Mi Ventana Óptica – El desplazamiento migratorio

Inicia con la humanidad misma, si me permitieran definir arbitrariamente al hombre, lo identificaría como “nómada y aventurero”, pues no sólo América es tierra de inmigrantes, sino el mundo entero, que, aunque parece normal, encierra dificultades en su génesis, cargando consigo una mezcla de sentimientos y sufrimientos.
La primera historia que conocemos data de entre 60,000 y 70,000 años, con la salida de africanos, conocida como migración fuera de África. Los estudios paleo-antropológicos indican que los primeros Homo sapiens salieron de allí, aunque hubo movimientos anteriores de otras especies humanas (como Homo erectus hace 1.8 millones de años), el primer gran desplazamiento de nuestra especie fue este.
Cuando tengo tiempo, veo un buen trabajo de la periodista Millizen Uribe, de la inmigración al país y todos coinciden conmigo, “nadie voluntariamente emigra”. ¿Por qué migrar? Podríamos hablar de diferentes causas, cambios climáticos que modificaron los recursos. Búsqueda de alimentos y territorios más favorables, entre otros. Antes de que las naciones existieran, que se inventaran los pasaportes, las fronteras o idiomas modernos, la humanidad ya era migrante. Mucho antes de que un dominicano, un europeo o un caribeño pensara en buscar un futuro mejor en otra tierra, nuestros ancestros ya habían tomado esas decisiones, dejar su lugar de origen y adentrarse en lo desconocido, el más antiguo y determinante fue la salida del africano, el viaje que dio origen a las migraciones posteriores y que, en esencia, explica por qué hoy vivimos en un planeta diverso, interconectado y compartido.
El estrecho de Bab el-Mandeb, entre África y la península arábiga, fue uno de los primeros pasos. Desde allí, iniciaron un recorrido que tardaría miles de años en completarse, expandiéndose hacia Arabia, India, Asia, Australia, Europa y, finalmente, América que, sin saberlo, ya estaba dando forma a la historia del mundo.
Esto no solo es un dato arqueológico; es una verdad profunda, sobre nuestra naturaleza; una especie que avanza, que se adapta, que se mueve y renueva. Descendemos de esos primeros caminantes que se atrevieron y cada inmigrante moderno revive ese impulso ancestral, la mezcla de miedo y valentía, la nostalgia por lo que deja atrás y la esperanza de no volver derrotado.
Ese que cruza fronteras, buscando levantarse en un país nuevo lejos de sus raíces, escucha el eco de aquella primera migración. Demostrando que migrar no es una anomalía, sino una constante en la evolución como especie. Y así, desde mi ventana óptica, podemos recordar que todos, sin excepción, somos hijos de un viaje a lo desconocido.
Que la diversidad nació, cuando los primeros sapiens decidieron caminar la tierra. Esto nunca fue sencillo, no lo fue para quienes cruzaron océanos en barcos de vapor, en embarcaciones rudimentarias, ni para quienes hoy atraviesan aeropuertos, fronteras o desiertos, donde la única exigencia debe ser, que sea ordenada y respetando leyes migratorias.
Detrás de cada maleta hay una historia incompleta, un país que queda esperando, obligado a reinventarse sin olvidar quién y de dónde es. Es la posibilidad de escribir un nuevo capítulo de su vida, en un país donde el trabajo tiene mayor valor, donde la educación abre puertas y la seguridad permite soñar sin miedo.
Es romper ciclos, desafiar límites y demostrar que podemos tener diferentes rumbos. Despierta fortalezas ocultas, resiliencia, adaptabilidad, la capacidad de conocer culturas y lenguajes. Pocas experiencias moldean tanto el carácter, como llegar a un lugar extraño y, aun así, abrirnos paso.
Pero como toda luz tiene su sombra, emigrar también es renunciar; dejar en pausa parte esencial de uno mismo; con la lengua materna en los oídos, los olores de la cocina familiar, aquellos abrazos que no se empacan, en fin, es una herida silenciosa que tarda para cicatrizar. Viviendo entre dos mundos, el nuevo país al que deben adaptarse, a comenzar desde cero, soportar miradas de desconfianza, lidiar con la burocracia y un sistema que no siempre lo reconoce.
Corren el riesgo de idealizar lo que ya no existe o de perder la conexión con los suyos y peor, cuando descubre que ya no encaja en ningún lado. Cargando doble sentimiento, gratitud por las oportunidades del nuevo país y melancolía por lo que quedó atrás. Siente orgullo por salir adelante, pero también culpa por no estar presente en los cumpleaños, en las enfermedades, en los duelos familiares.
Ganar algo implica perder algo, y esa ecuación emocional pesa más que cualquier carga física. Muchos logran construir un hogar en el nuevo país, pero nunca dejan de sentir un lazo invisible con su origen. Son dos pertenencias que conviven en el mismo corazón y aunque esa dualidad puede doler, también es una riqueza que les permite tener dos miradas del mundo, dos patrias y, en cierta medida, dos vidas, quienes igualmente forman puentes culturales.
Envían remesas, comparten tradiciones y aun así, luchan en silencio para no desaparecer culturalmente, mientras día a día buscan integrarse sin renunciar a la identidad que los sostiene. La República Dominicana está formada por oleadas de inmigrantes de distintos continentes, cuya historia demográfica es un cruce de caminos donde convergen europeos, africanos, pueblos originarios, migraciones caribeñas, asiáticas y del Medio Oriente, nacidos del mestizaje, gracias al desplazamiento migratorio.
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