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Opinion

Mi ventana óptica – Miedo disfrazado de autoridad

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Hay una diferencia fundamental entre ejercer autoridad y usar el poder para amedrentar. La primera nace de la legitimidad que otorgan las leyes, el respeto ciudadano y la transparencia. El segundo, de la inseguridad de quienes incapaces de convencer con resultados, intentan imponerse mediante la intimidación, el control y el silencio.

Cuando un gobernante o funcionario comienza a ver enemigos en cada crítica, conspiraciones y amenazas en cada periodista o ciudadano que exige explicaciones, ya no estamos ante una autoridad, es ante alguien temeroso y el miedo es mal consejero del poder. Es utilizar las instituciones como escudos personales, confundir el patrimonio público con intereses particulares y a convertir la administración del Estado en mecanismo para proteger imágenes, ocultar errores o neutralizar voces.

En República Dominicana percibimos esta peligrosa tendencia, funcionarios parecen sentirse más preocupados por controlar la narrativa pública, que por resolver problemas a la población. Invierten enormes esfuerzos en campañas de imagen, mientras la inseguridad ciudadana, el deterioro de los servicios públicos, la debilidad de la justicia y el alto costo de la vida continúan golpeando a las familias.

En lugar de aprovechar las criticas para corregir deficiencias, las reciben con hostilidad, buscando desacreditar al mensajero, antes que responder al mensaje, y esto debilita la democracia mucho más, pues un gobierno seguro de su gestión responde con datos verificables, se abre al escrutinio y permite que la prensa haga su trabajo sin presiones.

Cuando el poder pierde la capacidad de escuchar, comienza a aislarse, y una autoridad aislada termina rodeándose únicamente de quienes aplauden, aunque sepan que las decisiones son erráticas. Es el principio de la decadencia de cualquier administración pública. Latinoamérica ofrece suficientes ejemplos de gobiernos que confundieron obediencia con respaldo popular, mientras la gente callaba por temor, los gobernantes creían disfrutar de una estabilidad inquebrantable; sin embargo, la realidad terminó imponiéndose, pues ningún aparato de poder puede sostener indefinidamente una legitimidad que ha dejado de existir en la conciencia del ciudadano.

Una autoridad auténtica no necesita códigos, ni leyes para perseguir críticos, utilizar el aparato estatal para intimidar, ni convertir la diferencia de opiniones en un acto censurable como piensa Abinader. Quien gobierna con honestidad, comprende que el cuestionamiento forma parte del sistema democrático y que la rendición de cuentas no constituye una amenaza, sino una obligación. “Es preferible que sea el gobierno que se encuentre acorralado y no que dejen al pueblo sin salida democrática”.

Reitero, las democracias no mueren únicamente por golpes de Estado, es cuando el miedo sustituye el diálogo, el poder reemplaza la persuasión por la presión y cuando las instituciones dejan de servir a la nación para servir a quienes circunstancialmente las dirigen. Esto ocurre silenciosamente, cada abuso parece pequeño cuando se observa de forma aislada; pero la suma de pequeñas arbitrariedades termina erosionando los pilares del Estado de derecho. Hoy puede ser una voz crítica la perseguida; mañana será cualquier ciudadano.

Si analizamos que la Policía, el Ministerio Público y los propios tribunales violan la Constitución, estamos ante una seria amenaza. Los pueblos libres deben desconfiar de todo poder que no acepte límites. La autoridad democrática no teme a la transparencia, a una prensa independiente, a la oposición política, porque el respeto nunca nace del temor; nace de la integridad. Y cuando el miedo necesita disfrazarse de autoridad, es porque esta hace tiempo dejó de existir, en un sistema cada vez más desacreditado.

Por Alejandro Almánzar

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