Así, por ejemplo, este desenfoque respecto de la contemplación que hoy padecemos nos impide usualmente apreciar en su verdadera dimensión un árbol de características singulares. Por lo general, le solemos pasar de largo por estos senderos en que transitamos de prisa, olvidándonos de su lenguaje, de su belleza y de su exuberancia. Nos referimos al flamboyán. Su nombre proviene de la palabra francesa flamboyant, que significa flamear. Delonix regia es su nombre científico, y su origen se remonta a la lejana isla africana de Madagascar donde su hábitat natural se encuentra en peligro de extinción. Se atribuye su llegada a nuestro país en el siglo XIX. En algunos lugares se le llama «árbol de llama» o «árbol de fuego» por su color encendido y emblemático.

Desde siempre ha engalanado campiñas, ciudades, calles, avenidas, carreteras, parques, jardines y riberas de nuestra tierra. De manera generosa, por lo general durante el verano, nos muestra sus mejores galas. Se reviste de colores: el verde intenso de sus frondosas hojas se mezcla con sus flores de ensueño, unas de color mamey intenso —casi rojo— y otras de un amarillo de sol radiante. En ocasiones, ambas variedades se entremezclan y su embrujo resulta indescriptible. De sus ramas penden, para completar su peculiar estampa, sus frutos en forma de vainas, de textura recia y color marrón, que, al ser agitados, producen sonidos que evocan tambores y cadencias. Su contraste con el azul del cielo o con sus nubes danzarinas es poesía. Es un árbol frondoso que embriaga: una expresión de pasión, de fuego, de libertad, de sensualidad y de belleza. Al perder sus pétalos, nos obsequia una alfombra multicolor que da pena pisar. Para nosotros es lo que para los japoneses son sus cerezos.

Por esto, y con justa razón, el flamboyán está asociado al arte. Ha sido fuente de inspiración para pintores, poetas y fotógrafos. Así, artistas de la talla de Yoryi Morel, Mario Grullón, Guillo Pérez y Hugo Mata, entre otros, lo han sabido plasmar en innumerables ocasiones en sus lienzos y lo han convertido en un elemento por antonomasia del paisaje de nuestro trópico. Lo propio han hecho poetas como la poetisa y lingüista Ana Marchena Segura, dominicana de nacimiento y radicada en Puerto Rico, quien escribió sobre él un bellísimo poema titulado El flamboyán. En algunos de sus versos expresa:

Desde lejos te diviso

como flamas ardientes

entre las pasiones verdes…

Susurran al viento

en sánscrito antiguo

las viejas aventuras

del ancestral continente.

Tus secretos de antaño

alquimiados en rojos

ofreces

al mísero que osa

¡posar su vida en ti!

Sublimas totalmente tus instintos.

Pareces inocente,

pero sé… sabemos,

sí, tú y yo,

de tu gloria penitente…

Lo propio ha hecho la escritora Milagros de Jesús de Féliz en su obra Me gustaría contarte, que inicia con esta preciosísima prosa: «Cuando ya peinaba mis canas decidí escribir este libro, cobijada bajo la sombra protectora de los framboyanes que empezaban a florecer en mi alma».

De igual modo, este señorial árbol ha cautivado a fotógrafos de la talla de Wifredo García, Domingo Batista y Mirvio Pérez, entre otros. Son muchas las instantáneas de flamboyanes que han quedado inmortalizadas gracias a sus prodigiosos objetivos.

Estos días del caluroso verano que nos envuelve son propicios para detenernos en nuestra vorágine cotidiana y contemplar la majestuosidad del flamboyán que, de seguro, está en tu camino o entorno. Yo lo hice hace poco en el campus de Santiago de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, donde abundan. Te deleitarás. A la postre, como reza el dicho popular, aquí parafraseado: «El matrimonio, al igual que la vida —digo yo—, es como el flamboyán: primero las flores y después las vainas».