De inmediato, David y su hermanita Susan, de siete años, corrieron hacia ella llorando inconsolablemente. La abrazaron con fuerza mientras repetían: «Lo mataron, lo mataron». A pocos pasos, la joven pudo observar manchas de sangre esparcidas por diferentes lugares de la sala y, poco después, dos cadáveres cubiertos con sábanas. El aire de dolor e impotencia que se respiraba allí era indescriptible, según nos relata ella hoy, cincuenta y cinco años después. Recuerda cada detalle del horror vivido aquella lúgubre mañana como si estuviera ocurriendo ahora mismo.
La noticia no solo conmovió al país, sino que retumbó en buena parte del mundo. Todos los periódicos nacionales llevaron la tragedia a sus portadas la tarde de aquel fatídico día de verano y la mañana siguiente. El prestigioso diario estadounidense The New York Times reseñó el suceso de este modo en su edición del 8 de julio de 1971, en una traducción al español:
«Una pareja de misioneros estadounidenses fue asesinada en la República Dominicana. Dos misioneros bautistas estadounidenses, Paul Potter, de 39 años, y su esposa Nancy, de 36, originarios de Marshfield, Misuri, fueron encontrados asesinados hoy en su hogar en Santiago, a 110 millas al norte de aquí, según informó la Policía Nacional. La pareja acababa de regresar a la República Dominicana hacía ocho días, luego de una visita de un año a los Estados Unidos. Anteriormente, la familia había vivido en Santiago durante cuatro años».
Por su parte, los periódicos Listín Diario, Última Hora y La Información, entre otros medios de prensa, ilustraban la noticia con imágenes desgarradoras de la escena del doble crimen y destacaban que Paul y Nancy habían sido asesinados con extrema saña.
Yo, que para entonces apenas tenía ocho años, recuerdo bastante bien aquellas estremecedoras noticias. Tampoco olvido la casa donde ocurrió el horrendo doble crimen. Estaba situada casi detrás del otrora restaurante El Dragón, ubicado en la intersección de las avenidas Salvador Estrella Sadhalá y Juan Pablo Duarte, justo frente a donde hoy se encuentra la plaza comercial Santiago Center. Durante varios años, como únicos testigos mudos de la tragedia, permanecieron en pie dos frondosas matas de mango que solían dar sombra al patio de la residencia de los esposos Potter.
Estos misioneros eran ampliamente conocidos y queridos en Santiago de los Caballeros y sus zonas circundantes, en especial por el valiosísimo trabajo social que realizaban más allá de su labor pastoral. Eran sumamente reconocidos los operativos y servicios médicos que solían brindar a las familias más necesitadas de los barrios y campos de la región. Era frecuente que, desde las primeras horas de la madrugada, centenares de humildes hombres, mujeres y niños se dieran cita en sus centros e iglesias para ser examinados por los esposos Potter y su personal médico auxiliar, y para recibir medicamentos de manera gratuita o a muy bajo costo. En ocasiones, incluso, se practicaban cirugías menores en espacios debidamente habilitados dentro de sus centros o en hospitales públicos de la ciudad. Aún hoy, algunos de estos centros e iglesias continúan brindando sus servicios.
Apenas ocho días antes del crimen, la pareja había retornado al país para continuar ejerciendo su labor misionera, tras haber permanecido un año en los Estados Unidos. Según reseña una publicación bautista de la época, cuando le preguntaron a Nancy por qué ella, su esposo Paul y sus dos hijos pequeños querían continuar con la misión en la República Dominicana, respondió con convicción: «Hemos visto el poder de Dios obrar. Nada puede ser más emocionante».
Más de medio siglo después de aquel cruel doble asesinato, el caso, extrañamente, permanece impune. A pesar de que la Policía Nacional, los organismos de inteligencia del Estado y hasta el propio FBI desplegaron recursos para investigarlo, jamás se dieron a conocer los resultados de las indagatorias. La citada Rosa Inoa fue una de las personas interrogadas en aquellos días. Al narrarnos los detalles de su comparecencia ante los investigadores y compartir su indignación por la impunidad histórica que rodea el caso, las lágrimas brotaron de sus ojos claros. Por lo demás, hice denodados esfuerzos —incluso a través de un amigo, antiguo jefe de la Policía— para acceder a documentos desclasificados de esa institución y del FBI, y recabar alguna información al respecto, pero mis gestiones resultaron infructuosas.
Varias conjeturas se barajaron en la época sobre el móvil de los crímenes. Una de ellas apuntaba a sectores de la izquierda radical que, en ese entonces, se enfrentaban al Gobierno de Joaquín Balaguer, quien ejercía con mano de hierro su segundo mandato presidencial. Como relata el reputado novelista Pablo Gómez en su obra Yo, Balaguer, el año 1971 fue, sin duda, uno de los años más violentos de los doce años de Balaguer, marcado por la actuación de la banda delincuencial y paramilitar conocida como «La Banda Colorá». El contexto internacional se enmarcaba en plena Guerra Fría.
Esta hipótesis cobró fuerza inicialmente porque los asesinos dejaron pintado un grafiti en el vidrio trasero del vehículo de las víctimas con el siguiente mensaje: «¡Muerte a los yanquis!». Este detalle me fue confirmado por doña Rosa durante nuestra conversación. También el reputado periodista don Ramón de Luna —figura emblemática de la comunicación de la época— nos ratificó esta versión al conversar sobre el tema. Asimismo, a sus noventa y cuatro años y en plena lucidez, compartió con nosotros otro episodio que presenció en la escena del crimen: un subalterno del coronel Eligio Bisonó Jackson, comandante de la plaza, le señaló el mensaje al oficial, quien ordenó borrarlo sin prestarle mayor atención.
Sin embargo, tanto ella como don Ramón de Luna siempre han dudado de que los autores intelectuales y materiales provinieran de dichos sectores políticos. Asimismo, descartan por completo el móvil del robo, puesto que los asesinos no sustrajeron ninguno de los modestos bienes o valores que la familia conservaba en la vivienda.
Por el contrario, ella, al igual que otras personas vinculadas a la Iglesia Bautista que fueron consultadas, otorga mayor credibilidad a una hipótesis distinta. Esta teoría apunta a ciertas personas vinculadas al sector de la salud y a la importación de medicamentos de la época, molestas, al parecer, por la «competencia» que representaba el masivo trabajo social y médico gratuito que desplegaban los esposos Potter en la ciudad.
Así, en un interesante artículo de James C. Hefley publicado por Baptist Press el 1 de enero de 2002, titulado Murder in the Caribbean («Asesinato en el Caribe»), se recoge esta misma versión. El autor consigna el diálogo que sostuvo años después con un amigo cercano a la familia misionera:
—¿Conoció a Paul y Nancy Potter? —pregunté.
—Sí —respondió—. Pasé mucho tiempo en su casa. Eran maravillosos siervos de nuestro Señor.
—¿Se llegó a identificar alguna vez a sus asesinos?
—No oficialmente —dijo—. Pero, algunos de nuestros misioneros tienen muy buenas sospechas.
—¿Terroristas comunistas? —aventuré.
—No.
—¿Entonces quién?
i amigo menonita me tocó el hombro:
—Te lo diré si prometes no publicar ningún nombre y si apagas tu grabadora. —Acepté ambas condiciones—. Creemos que un pequeño cartel de médicos dominicanos pagó a unos matones para asesinar a Paul y Nancy. Solo unos pocos médicos estaban involucrados, y tal vez uno o dos «peces gordos» de la industria farmacéutica estuvieron implicados en la conspiración.
—¿Debido al éxito de las clínicas gratuitas patrocinadas por la Iglesia?
—Sí.
De igual modo, conviene recordar el singular detalle de que, a escasos metros de la residencia de los esposos Potter, se encontraba la vivienda del citado comandante policial de la plaza de Santiago.
Lo cierto es que la identidad de los autores de este horrendo crimen nunca se estableció de forma oficial, a pesar de que diferentes sectores de la sociedad santiaguera reclamaron durante años su esclarecimiento. Don Ramón de Luna solía hacer cada 7 de julio un comentario radial en el que exigía el esclarecimiento del caso y la aplicación de la justicia.
También nos relataba doña Rosa que, hace algunos años, David y Susan, aquellos niños desamparados por la tragedia, regresaron al país ya adultos y se reunieron con ella. Visitaron la casa donde crecieron y donde ocurrió la desgracia. Allí, sobre el mismo suelo que se tiñó de dolor, hicieron una conmovedora oración por el descanso eterno de las almas de sus padres y también por el perdón de los autores de sus muertes.
Al escuchar este aleccionador relato, un hondo sobrecogimiento humedeció mis ojos y los de mi interlocutora. Y, en medio del silencio, solo me quedó una pregunta flotando en el aire: ¿por qué ninguna calle o espacio público de Santiago honra la memoria y el legado de amor de los misioneros Potter?

























