Opinion
¡Créanlo, juzgar no es sencillo!
El tema está de moda: la sentencia que condena penalmente y absuelve a personas y funcionarios relacionados con un pasado gobierno. No es mi intención hacer juicio de valor sobre el fondo de la misma. Sí osaré reflexionar sobre experiencias personales, el papel del juez y el difícil oficio de juzgar a los acusados de violar la ley.
Durante casi 7 años fui juez de la Segunda Sala Laboral del Distrito Judicial de Santiago. Cuando me llegaba un caso, pensaba: “Quién soy para establecer cuál de las partes es culpable o inocente? ¿Acaso tengo condiciones extraordinarias para en un santiamén certificar de qué lado está la verdad? ¿Y si me equivoco?”.
Mi decisión podía afectar la vida de un trabajador y de su familia o el motivo para que un pequeño negocio quebrara, sufriendo así el empleador y todos sus dependientes. En mis manos estaba el futuro de muchos. ¡Qué responsabilidad! Trataba de cumplir mi deber, a sabiendas de que podía fallar, pero siempre actuando de la mejor buena fe, que eso era (y es) lo importante en la vida.
Lo lamentable era que en ocasiones imponer la ley no necesariamente implicaba aplicar justicia, pues un tecnicismo o la ignorancia de los abogados derrumbaba los argumentos de quien yo creía tenía la razón. ¡Cuántas veces me encontré obligado a condenar a una persona noble e inclinar la balanza a favor de un farsante!
A pesar de estas meditaciones jurídicas y filosóficas, las que pretendía llevar a la práctica, cometí errores. Hubo casos en los cuales, luego de analizar todo con detenimiento, concluía que mi sentencia no fue la adecuada. Y eso me llegaba hondo, a pesar de que siempre busqué tener un caparazón en mi corazón.
Ya, de regreso al ejercicio del derecho, he participado en casos donde el Ministerio Público no presenta adecuadamente una acusación y el expediente se desmorona en los tribunales, quedando libre alguien que sin dudas cometió un delito. El juez solo tenía la opción de absolver al imputado, aunque supiera en su alma que merecía ser condenado.
Lo ideal es que en las sentencias las palabras “justicia”, “equidad” y ‘moral” prevalezcan; pero no es así. El deber del juez es aplicar la ley y luego pensar en las palabras señaladas; de lo contrario, reinaría el caos. ¿Qué ocurriría si cada magistrado determina lo que es correcto o no en base a su íntima convicción o corazonada, obviando los textos legales, el debido proceso y las pruebas?
Respetemos las decisiones razonables de los jueces, evitando juzgarlas a la ligera. Y la parte que no se sienta conforme, que recurra la sentencia. ¡Créanlo, juzgar no es sencillo!
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