Opinion
Mi ventana óptica – Un asesino silencioso

Hoy veremos, cómo del “milagro” farmacéutico, el fentanilo pasó a ser epidemia global y letal, del que inocentes, incluyendo a oficiales que cumpliendo con su rol de perseguir ese flagelo vivieron la tragedia que esto representa al hacer contacto accidentalmente con dicho producto. Lo que nació como promesa para aliviar y detener dolores, terminó creando lo contrario, dolor, angustia, muertes, invalidez y destrucción.
Cualquier parecido con la (Energía Atómica) es “coincidencia”, pues el hombre es bueno por naturaleza, el problema es cuando intereses comerciales y políticos aparecen de por medio, porque esta última jamás fue descubierta para crear desconciertos como el de Hiroshima y Nagasaki, que es como el mundo la recuerda.
Con esto pasó igual, como tantas otras sustancias que la ciencia médica presentó como bandera del alivio, del progreso y control del dolor. Fue sintetizado por primera vez en 1959 en un laboratorio belga, por el químico Paul Janssen, fundador de Janssen Pharmaceutica; buscaba crear un analgésico más potente, rápido y eficaz que la morfina para procedimientos quirúrgicos y tratamientos médicos extremos como novedad médico-científica del momento.
50 a 100 veces más potente que la morfina, con una acción rápida y controlable, mientras fue administrado rigurosamente salvó vidas, redujo sufrimientos y permitió avances en anestesiología, fármaco de uso exclusivo para quirófanos, cuidados intensivos y pacientes con cáncer avanzado; pero cuando el mercado entra al quirófano, la ética sale por la puerta trasera.
Para 1980 y 1990 la industria farmacéutica, especialmente en USA, comenzó a promover una narrativa peligrosa, el dolor como “quinto signo vital” y los opioides como solución segura, incluso, para dolencias crónicas y aunque el fentanilo era de uso controlado, el terreno ya estaba abonado. Parches transdérmicos, pastillas sublinguales, formulaciones “más cómodas”.
Las advertencias sobre su altísimo potencial adictivo fueron minimizadas, diluidas en prospectos técnicos que pocos leían o muchos ignoraban. Resultado, dependencia, abuso, mercado secundario y fuga hacia lo ilícito; del hospital a la calle, el punto de no retorno. Cuando las regulaciones intentaron frenar el exceso de prescripción, ya era tarde.
Miles de personas dependientes de opioides “legales” buscaron sustitutos más baratos y accesibles y así apareció el monstruo fabricado ilegalmente. Laboratorios clandestinos, principalmente en Asia, comenzaron a producir fentanilo y análogos aún más potentes. Sustancias que llegaron a redes criminales que las mezclaron con heroína, cocaína, metanfetaminas y hasta con pastillas falsificadas de medicamentos comunes.
El consumidor ya no sabía qué consumía, aunque una dosis microscópica significaba su muerte. En lugar de medicamento, se convirtió en arma química de bajo costo, distribuida sin control, sin rostro y sin conciencia. Estados Unidos fue el epicentro inicial, pero este no respeta fronteras. Canadá, México, América Latina y Europa sufren sus efectos.
Las muertes por sobredosis se cuentan por miles cada año, superando guerras, accidentes de tránsito y armas de fuego. Familias destruidas, sistemas de salud colapsados, comunidades anestesiadas por la muerte cotidiana, mientras los responsables rara vez enfrentan consecuencias proporcionales y el sistema sigue intacto.
Esto no mata sólo por su potencia química, mata por la avaricia corporativa, negligencia regulatoria, complicidad política y la desigualdad social que incentiva el consumo. Un asesino silencioso que no explota, ni dispara, pero detiene respiraciones, una tras otra, mientras se debate si es un problema médico, criminal o moral; convirtiendo el dolor en mercancía y la vida en estadística.
Si no se enfrenta su origen con determinación, este seguirá caminando libre, invisible y letal. Del 2010–2019, las muertes por sobredosis crecieron exponencialmente. Sólo en Estados Unidos fueron casi 10 veces mayores en 2023 que en 1999, con más de 80,000 fallecimientos por fentanilo y otros opioides sintéticos.
En 2021, hubo un récord de más de 100,000 muertes en un año y alrededor del 66% están relacionadas con este. En 2023, los opioides sintéticos, sobre todo el fentanilo fabricado ilegalmente, causarán alrededor del 69% de las muertes. En 2024, bajó respecto al 2023, con casi 80,000 muertes y 48,000 fueron por fentanilo, la cifra más baja en cinco años, aunque alarmante. ¿El efecto Donald Trump? En los últimos 20 años, más de un millón de estadounidenses murieron por sobredosis.
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