Opinion
Mi ventana óptica – Una herida incurable

Por Alejandro Almánzar
Varias lecturas nos dejan, tanto el asesinato del niño Llenas Aybar, como la libertad de José Redondo Llenas, quien escribió la página más tenebrosa de la historia republicana. Crímenes como el de Karla Masier y Emely Peguero, nos colocaron al borde de la locura, pero la forma como ocurrió ese acontecimiento jamás puede ser dejado en el tiempo que, por no ser tratadista de la conducta humana, prefiero atribuirlo a la ley del Karma, de esa Alma que habitó el templo vivo llamado José Rafael.
Este horrendo crimen ocurrido en 1996, dejando una herida colectiva, que tres décadas después permanece viva, pues no fue solamente la pérdida irreparable del niño; fue el descubrimiento brutal de una sociedad que comenzaba a enfrentarse a sus propias fracturas morales, sociales y humanas, donde la persecución de bienes materiales no reparó ante la inocencia.
La sociedad quedó paralizada, siguiendo con angustia cada detalle del caso, porque desconocía, que en su interior se escondían monstruos capaces de cometer semejante barbarie. Su desaparición, la búsqueda desesperada, las noticias contradictorias y finalmente la confesión que estremeció los cimientos sociales. Macabro hecho, que rompió cualquier sensación de seguridad colectiva, los padres comenzaron a mirar su entorno con miedo; la inocencia dejó de parecer invulnerable frente a adultos.
Permitió a la sociedad descubrir los efectos de la descomposición y pérdida de los valores fundamentales; poniendo sobre el tapete temas que durante años permanecieron ocultos, como violencia juvenil, ausencia de la sensibilidad humana, crisis familiar, la influencia del poder económico y debilidades del sistema social y judicial.
Un impacto psicológico enorme, porque desmontó una creencia arraigada en el país, de que esta violencia extrema era ajena a nosotros; veíamos ese tipo de atrocidades como propias de naciones marcadas por guerras o criminalidad organizada. Sin embargo, esto obligó a aceptar una realidad dolorosa, andaba de la mano con nosotros.
Periódicos, programas de televisión, radiales y conversaciones familiares giraron alrededor de esto con indignación, lágrimas y un profundo sentimiento de impotencia, pero también, emergió el debate necesario sobre la responsabilidad colectiva en la formación de ciudadanos y en la construcción de una cultura basada en la empatía y respeto por la vida.
Los hogares experimentaron cambios radicales en quienes confiar a los suyos. Quienes antes los dejaban jugar libremente, comenzaron a vivir bajo su vigilancia constante. La confianza social sufrió un golpe severo y la sospecha sustituyó la tranquilidad cotidiana. Aquella sensación de comunidad familiar, cercana y segura se rompió, pues esto trascendió el ámbito judicial, para convertirse en símbolo del dolor social. José Rafael, dejó de ser únicamente una víctima individual para representar la vulnerabilidad de la niñez y la urgente necesidad de proteger los valores humanos frente a la indiferencia, el egoísmo e irracionalidad.
Una herida incurable, que pasado el tiempo continúa sangrando como el primer día, mostrando cicatrices visibles e invisibles. Recordando, que el progreso de un país no siempre va acompañado de lo ético y espiritual, que la educación familiar, la salud emocional y la construcción de valores no esperan más. Hoy, cuando su nombre vuelve a ocupar titulares, reaparece la misma tristeza e incredulidad, todavía treinta años después, me niego a creer que eso sucedió en una nación, donde los vecinos fueron padres con los mismos derechos a corregirnos y, a cuidarnos como nuestros progenitores y que un niño sea víctima de una violencia tan devastadora, es para vivir sangrando permanentemente, pues, aunque el perdón cura heridas, ninguna sentencia borra tanto dolor causado y ver al protagonista principal abandonar la cárcel como un héroe, es para preocuparnos doblemente, pues su rostro no mostraba el arrepentimiento del que habló, lo que nos dice, que este merece un cuidado psiquiátrico para no volver a repetir semejante locura.
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