Opinion
Mi ventana óptica – El derrotero familiar

En el pasado, eran pandemias y enfermedades catastróficas que diezmaban poblaciones enteras, como la Peste Negra 1346 y 1353, la Peste Española 1918-1920, que pusieron en vilo al mundo dejando millones de muertos. Recientemente la Covid19, donde de acuerdo con datos publicados, pudiéramos hablar de que alrededor de 15 millones de personas fallecieron, dejando no sólo naciones desoladas, sino familias rotas en total silencio.
Pero otro fenómeno que crece sin hacer ruido, pero con consecuencias devastadoras, está relacionado con la soledad dentro del hogar, aunque no se trata de la ausencia física, sino de algo mucho más grave, estar acompañado, pero completamente solo, como si todos estos procesos vividos nos hubiesen convertido en indiferentes por naturaleza a nombre de un (Nuevo Orden Mundial).
La familia, esa que debía ser refugio, se ha convertido, en muchos casos, en un espacio de desconexión emocional; donde se comparte el techo, pero no la vida. Se cruzan miradas, pero sin diálogo. Se oyen voces, pero nadie escucha, pues la indiferencia ha sustituido el interés. Padres que ya no preguntan, hijos que ya no responden, y una convivencia reducida a rutinas mecánicas sin afecto, ni dirección.
El hogar moderno, aunque parece funcionar, pero en realidad se desmorona desde dentro. Uno de los síntomas más alarmantes es la ruptura del canal de orientación entre generaciones. El joven de hoy no escucha, no porque no tenga capacidad, sino porque ha dejado de reconocer autoridad moral en quien intenta guiarlo. Y aquí hay una responsabilidad compartida, padres que delegan la formación en la tecnología, en la escuela o en la calle, y jóvenes que crecieron sin límites claros, ni referencias sólidas.
A este escenario se suma un actor silencioso, pero dominante, las redes sociales. Estas no sólo capturan la atención, sino que moldean conductas, distorsionan la realidad y amplifican la ansiedad, la frustración y la comparación constante. El joven vive expuesto a una vitrina, donde todos parecen felices, exitosos y perfectos, mientras su realidad le resulta insuficiente.
Esa brecha emocional, mal gestionada, se convierte en resentimiento que muta a veces en violencia. No es casualidad, que aumenten los conflictos familiares, estallidos de ira, agresividad verbal y, en casos extremos, la violencia física dentro del hogar. Estamos frente a una generación que grita lo que no sabe expresar, y a una familia, que calla lo que debería enfrentar.
Los problemas de salud mental, ansiedad, depresión, aislamiento ya no son excepciones, son parte de la cotidianidad. Pero en lugar de ser atendidos con seriedad, muchas veces son ignorados o minimizados dentro de un núcleo familiar que normaliza la indiferencia, evita la confrontación y posterga lo urgente hasta que estalla, esto pudiera darnos una señal del por qué los feminicidios en países como el nuestro.
¿Cuándo dejamos lo familiar, para convertirnos en simples cohabitantes? Recuperar ese espacio perdido no es con discursos vacíos, ni nostalgias idealizadas; se requieren decisiones concretas, volviendo a hablar, pero de verdad; escuchar, aunque incomode; corregir, aunque genere conflicto; y, sobre todo, estar presentes emocionalmente, no sólo físicamente.
Porque la familia no se destruye de un día para otro. Se erosiona lentamente, con cada conversación evitada, con cada gesto indiferente, con cada momento en que se elige el teléfono, en lugar del ser humano que está a su lado. Y cuando finalmente se rompe, ya no hay red social que repare el derrotero familiar
Por Alejandro Almánzar
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