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Opinion

Mi ventana óptica – La pobreza como negocio

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La pobreza no es fortuita, tampoco una tormenta natural que aparece de la nada; no es “falta de esfuerzo”, como suelen repetir discursos cómodos del poder, en sociedades modernas, se ha convertido en un sistema funcional y cuando esto funciona, alguien gana. Entonces, ¿A quién conviene la pobreza? Esta surge de la escasez y la desigualdad estructural.

La concentración de riquezas en pocas manos, precariedad laboral, salarios que no satisfacen el costo de vida, educación pública debilitada y sistemas de salud fragmentados, todo esto crea la base para mantener y eficientizar la pobreza cada vez más. El Banco Mundial y la CEPAL han reiterado que América Latina es una de las regiones más desiguales del planeta y no es fortuito, teniendo un modelo económico que privilegia la acumulación por encima de la distribución.

Reducido el empleo formal, mientras crece la informalidad, el ciudadano queda atrapado entre ingresos inestables y deudas agobiantes, pues la pobreza no siempre es indigencia visible, sino sobrevivencia endeudada. Pero esto también es rentable políticamente, porque un ciudadano dependiente es vulnerable a la manipulación electoral.

Programas sociales mal diseñados o estratégicamente administrados, se convierten en instrumentos de control, y no es eliminar la asistencia social, sino cuestionar cuándo se utiliza para perpetuar la dependencia. De ahí el cuestionamiento a Abinader, cuando habla de sacar gente de la pobreza, aumentando "ayudas sociales" y eso sólo significa dosificar el mal generado por ese flagelo.

La pobreza moviliza presupuestos millonarios, ONG, campañas, consultorías, financiamientos internacionales. Se organizan foros, cumbres y diagnósticos eternos. Sin embargo, los indicadores estructurales cambian con una lentitud sospechosa, mientras los sectores pobres continúan siendo la base electoral más numerosa y menos empoderada.

Existe otro factor “invisible”, el Financiero, pues los pobres pagan más por todo, más intereses en microcréditos, más comisiones en servicios y más por productos de menor calidad. La exclusión del sistema bancario formal empuja a millones hacia esquemas crediticios abusivos, o sea, explotación al que menos tiene. La pobreza genera mercados cautivos, vivienda precaria, transporte informal, empleo sin seguridad social. Una economía paralela, que mueve miles de millones sin garantías, ni protección.

Cuando la educación es deficiente, las oportunidades se reducen, el empleo es precario y la pobreza parece heredada. Nada casual, es estructural, aunque la narrativa del poder insiste en responsabilizar al individuo de su condición. Pero este no es quien diseña el sistema tributario, no fija salarios mínimos, ni decide el presupuesto nacional; es el modelo quien determina esto.

¿Quiénes se benefician? Los que concentran capitales, estructuras políticas que administran carencias, redes clientelares que intercambian asistencia por lealtad, en fin, sectores financieros que operan sobre la exclusión, dejando de ser una tragedia aislada, para convertirse en industria próspera para algunos sectores, ya que, no se trata de repartir limosnas, es transformar la educación, crear oportunidades reales, institucionalidad sólida, transparencia presupuestaria y una movilidad social efectiva.

No debería ser un modelo sostenible, pero mientras genere poder, votos, rentabilidad y control, seguirá teniendo defensores silenciosos, porque donde esta persiste por décadas, ya no es un problema, es un sistema convertido en negocio rentable. Romper ese esquema no implica eliminar la solidaridad, sino transformarla en puente hacia la autonomía. Cambiarlo por una inversión productiva real. Todo lo otro es simplemente administrar miseria y cuando eso resulte rentable para algunos, será una pesadilla y condena para millones de seres humanos.

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