El Cibao
Reportaje especial: República Dominicana encara un “nuevo paradigma” en salud mental, advierte doctor Teodoro Grullón
Santiago. – La salud mental en la República Dominicana atraviesa un proceso de transformación marcado por una mayor conciencia social, cambios en el perfil de quienes buscan ayuda y nuevos retos relacionados con la convivencia, el consumo de sustancias y la detección temprana de trastornos.
Así lo plantea el doctor Teodoro Grullón, psiquiatra, quien considera que el país vive un “antes y después” en materia de salud mental, especialmente a partir de la pandemia de la COVID-19, que agravó problemas ya existentes, pero también contribuyó a visibilizar trastornos que durante años permanecieron rodeados de estigma.
De acuerdo con el especialista, la salud mental en el país se encuentra actualmente “en proceso”. Entre los avances menciona un mayor acceso a determinados servicios y una apertura todavía tímida de la Seguridad Social hacia la atención psiquiátrica. No obstante, advierte que estos esfuerzos siguen siendo insuficientes frente a las necesidades reales de la población.
Uno de los cambios más visibles se observa entre los jóvenes y adultos jóvenes, quienes acuden a consulta con mayor naturalidad y menos temor a ser señalados.
“Antes, la gente venía escondida; ahora lo hace con más apertura”, señala Grullón, al explicar que las nuevas generaciones muestran una mayor comprensión sobre la importancia de cuidar la salud mental y recibir tratamiento cuando sea necesario.
Crisis de salud mental y convivencia
Para Grullón, la República Dominicana enfrenta simultáneamente una crisis de salud mental y de convivencia social, influida por transformaciones culturales, el uso intensivo de plataformas digitales y una creciente cultura de la inmediatez.
El psiquiatra sostiene que las redes sociales, las aplicaciones móviles y los servicios que ofrecen respuestas inmediatas han contribuido a reducir la tolerancia a la espera y a la frustración. Esa dinámica, afirma, puede favorecer respuestas impulsivas ante situaciones que antes podían manejarse de otra manera.
A este panorama se añade el consumo de alcohol y otras sustancias, que el especialista vincula con numerosos episodios de violencia, accidentes de tránsito, conflictos familiares, homicidios y suicidios.
Grullón recuerda que el alcohol funciona como un potente desinhibidor y puede disminuir la capacidad de una persona para controlar sus impulsos.
Aunque reconoce que los hechos de violencia extrema generan gran impacto social y mediático, aclara que no representan necesariamente el comportamiento habitual de la mayoría de la población. Sin embargo, entiende que no deben minimizarse las señales de deterioro en la convivencia.
En materia de suicidio, el especialista señala que los registros disponibles reflejan que en aproximadamente los últimos 25 años se ha duplicado el número de casos reportados, aunque advierte que todavía debe determinarse cuánto de ese incremento corresponde a un aumento real y cuánto a una mejor capacidad de registro.
Las señales que las familias no deben ignorar
El doctor Grullón pone especial énfasis en la detección temprana de cambios de comportamiento que podrían indicar la presencia de un trastorno mental.
Entre las principales señales de alarma menciona el aislamiento social, cambios importantes en el patrón de sueño, insomnio, irritabilidad persistente, tristeza prolongada, consumo frecuente de sustancias y conductas de riesgo.
“El que no sabe es como el que no ve”, afirma, al advertir que muchas familias tienden a interpretar estas manifestaciones como una etapa pasajera o “una mala racha”, cuando en realidad pueden requerir evaluación profesional.
En situaciones de crisis, explica, las personas pueden acudir a unidades de emergencia y centros de salud. No obstante, reconoce que en la atención primaria existe una mayor presencia de psicólogos, mientras que los psiquiatras se concentran principalmente en hospitales de segundo y tercer nivel.
El especialista insiste en que psicólogos y psiquiatras no son profesionales enfrentados, sino que desempeñan funciones complementarias dentro del tratamiento de los problemas de salud mental.
Prevención como prioridad
Grullón considera que la prevención debe ocupar un lugar prioritario dentro de las políticas públicas.
Entiende que la educación social, la prevención del suicidio, la identificación temprana de conductas de riesgo y el acceso oportuno a tratamiento pueden reducir significativamente las consecuencias humanas, sociales y económicas de los trastornos mentales.
A su juicio, la salud mental debería recibir una atención comparable a la que el sistema concede a enfermedades crónicas como la diabetes o la hipertensión, particularmente porque trastornos como la ansiedad y la depresión tienen una alta prevalencia y un fuerte impacto en la calidad de vida.
El psiquiatra sostiene que la República Dominicana ha logrado avances en la forma en que la población entiende la salud mental, pero considera que todavía queda un largo camino para garantizar atención temprana y reducir el estigma.
La segunda entrega abordará los principales desafíos estructurales del sistema, entre ellos la escasez de psiquiatras, la cobertura de las ARS, la automedicación y el peso histórico del estigma hacia la psiquiatría.
Déficit de psiquiatras, cobertura limitada y estigma: los retos pendientes de la salud mental en República Dominicana
La República Dominicana enfrenta importantes desafíos para responder a la creciente demanda de servicios de salud mental, entre ellos la escasez de especialistas, las limitaciones en la cobertura de los seguros médicos, el acceso a medicamentos y un estigma que todavía condiciona la búsqueda de ayuda profesional.
El doctor Teodoro Grullón, psiquiatra, advierte que uno de los principales obstáculos es la falta de recursos humanos especializados.
Según explica, el país dispone de menos de 300 psiquiatras, mientras que se necesitarían aproximadamente 1,200 para ofrecer una cobertura adecuada a la población.
Aunque en los últimos años se han ampliado las plazas disponibles para la residencia médica en psiquiatría, entiende que formar más profesionales no será suficiente si ese proceso no va acompañado de la creación de nuevas unidades de salud mental y de una mayor inversión pública.
El especialista reconoce avances, entre ellos la apertura de servicios especializados en el sistema penitenciario, iniciativa que considera parte de un cambio de paradigma en la forma de abordar la enfermedad mental.
Sin embargo, persisten dificultades como la resistencia de algunos centros públicos y privados a recibir pacientes psiquiátricos, el estigma social, las limitaciones para acceder a determinados psicofármacos y la necesidad de fortalecer la formación en condiciones específicas, entre ellas el autismo.
Cobertura limitada de las ARS
Otro de los puntos críticos identificados por Grullón es la cobertura de los servicios de salud mental por parte de las administradoras de riesgos de salud (ARS).
El psiquiatra sostiene que muchas aseguradoras mantienen una cobertura limitada para consultas, terapias y hospitalizaciones, además de redes insuficientes de especialistas.
Advierte también que los honorarios ofrecidos por algunas ARS no se corresponden con la complejidad de la atención psiquiátrica ni con los años de preparación requeridos.
Pese a esas limitaciones, reconoce que desde las sociedades científicas se han realizado gestiones para ampliar el catálogo de tratamientos cubiertos por la Seguridad Social y señala avances en algunas administradoras.
El costo de no invertir en salud mental
Para el especialista, descuidar la salud mental también representa un importante costo económico para el país.
Grullón señala que la depresión figura entre las enfermedades con mayor impacto sobre la productividad laboral, debido a que puede aumentar el ausentismo, reducir el rendimiento y provocar incapacidad prolongada.
Menciona estimaciones previas a la pandemia que situaban el impacto económico de la depresión a nivel mundial en alrededor de 2,000 millones de dólares anuales, una cantidad que entiende podría ser muy superior en la actualidad.
A esto se añaden los costos derivados de hospitalizaciones prolongadas, tratamientos, rehabilitación y pérdida temporal o permanente de productividad.
Por esa razón, plantea que invertir en prevención y atención temprana puede resultar mucho menos costoso para el Estado y las familias que intervenir cuando el cuadro ya se encuentra en una fase avanzada.
Automedicación e intrusismo profesional
Grullón también expresa preocupación por la automedicación con psicofármacos y por las debilidades existentes en la regulación de algunos medicamentos.
Explica que todavía es frecuente que personas recurran a medicamentos para dormir o controlar determinados síntomas sin una evaluación adecuada de la causa del problema.
Esta práctica, advierte, puede generar efectos adversos, ocultar trastornos más graves o complicar cuadros psiquiátricos que requieren atención especializada.
A esto se suma el intrusismo profesional, con personas que se presentan como especialistas en salud mental sin contar con la preparación necesaria o profesionales que asumen funciones fuera de sus competencias.
Una disciplina marcada por su historia
El estigma actual hacia la psiquiatría, explica Grullón, también tiene profundas raíces históricas.
El especialista recuerda que tanto la psiquiatría como la psicología son disciplinas relativamente jóvenes dentro de las ciencias de la salud y que fue hacia finales del siglo XIX cuando comenzaron a establecerse clasificaciones más sistemáticas de trastornos como la esquizofrenia y la entonces llamada melancolía, hoy asociada a cuadros depresivos.
Antes de ese desarrollo científico, muchos hospitales psiquiátricos funcionaban bajo condiciones que actualmente serían consideradas inhumanas. Entre las prácticas utilizadas figuraban el aislamiento extremo, los baños de agua fría y procedimientos invasivos que respondían al limitado conocimiento existente sobre la enfermedad mental.
La lobotomía (un procedimiento de neurocirugía utilizado antiguamente en psiquiatría para tratar trastornos mentales graves), se convirtió posteriormente en uno de los ejemplos más representativos de una etapa en la que se aplicaron intervenciones que hoy resultan éticamente inaceptables.
Grullón también menciona los antiguos intentos de “tratar” la homosexualidad como muestra de cómo los prejuicios sociales y la falta de evidencia científica condicionaron durante décadas determinadas prácticas médicas.
Sin embargo, sostiene que la psiquiatría ha experimentado una profunda evolución científica y ética.
Entre los tratamientos surgidos durante etapas tempranas de la especialidad se encuentra la terapia electroconvulsiva (TEC), que continúa utilizándose en la actualidad para determinados cuadros psiquiátricos graves.
El médico explica que la aplicación moderna de la TEC (la cual consiste en aplicar una corriente eléctrica controlada al cerebro) es radicalmente distinta a la imagen que todavía persiste en parte de la sociedad y que, bajo protocolos médicos adecuados, constituye una herramienta terapéutica eficaz y segura para pacientes seleccionados.
Su estigma, señala, está relacionado en gran medida con los usos inapropiados que tuvo en el pasado y con su representación histórica como mecanismo de castigo.
Romper el estigma sigue siendo el gran desafío
Para Grullón, ese legado histórico ayuda a explicar por qué todavía muchas personas asocian al psiquiatra con prácticas extrañas o peligrosas.
Sin embargo, entiende que la transformación de la especialidad, el desarrollo científico y una mayor conciencia de los derechos de los pacientes han cambiado profundamente la forma de tratar los trastornos mentales.
El especialista tampoco considera necesario que una persona sin síntomas o preocupaciones específicas acuda rutinariamente al psiquiatra como si se tratara de un chequeo general. Recomienda buscar ayuda cuando existan cambios emocionales, conductuales o de funcionamiento que generen preocupación o interfieran con la vida cotidiana.
A modo de conclusión, el doctor Teodoro Grullón considera que la República Dominicana ha avanzado en la visibilidad de la salud mental, la formación de especialistas y la creación de servicios, pero todavía enfrenta desafíos estructurales.
Entre ellos identifica la necesidad de combatir el estigma, ampliar el acceso a la atención, mejorar la cobertura de los seguros, aumentar el número de profesionales y garantizar una inversión sostenida en prevención y tratamiento.
A su juicio, enfrentar estos retos permitiría ofrecer una atención más oportuna y digna a las personas con trastornos mentales y reducir el impacto que estas condiciones producen sobre las familias, la convivencia social y la economía nacional.
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