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Opinion

Mi ventana óptica – La confianza traicionada

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Sigue preocupante el rumbo de la democracia, un principio elemental que establece “el poder pertenece al pueblo y los gobernantes sólo lo administra temporalmente por mandato ciudadano”. Pero en la República Dominicana, como en otras naciones, existe la percepción, de que esa relación se rompe tan pronto concluyan las elecciones.

En cada proceso electoral, los políticos recorren barrios, campos y ciudades estrechando manos, abrazando ancianos, besando niños y prometiendo un futuro mejor; donde el ciudadano deja de ser un simple número y convertido en protagonista de los discursos. Es "el pueblo soberano", el hombre y la mujer que tienen en sus manos el destino de su ambición.

Pero una vez cerradas las urnas, esa cercanía se desvanece, las promesas se archivan y el acceso a quienes solicitaron su apoyo es echado al olvido. Quienes ayer fueron indispensables para ganar una elección, pasan a ocupar el lugar de los olvidados e ignorados, incluso para tomar decisiones trascendentales, como la creación de un código y leyes que sus efectos recaen sobre la población, para eso no se toma en cuenta su opinión. El voto es probablemente el activo más valioso que posee la democracia y lo están desacreditando, el cual se construye con credibilidad y se conserva con resultados. Cuando este es utilizado únicamente como instrumento de campaña, la democracia perece. La gente experimenta la amarga sensación de ser simples instrumentos de una carrera política, pero después de las elecciones, las promesas son cosa del pasado, y no hablo de los militantes de organizaciones políticas, me refiero al pueblo que cada cuatro años espera soluciones de males que nunca aparecen, por lo que el caso de nuestro país, la población parece dispuesta a abrazarse de cualquier aventurero con presencia en las redes sociales repudiando al político tradicional.

El voto no constituye un cheque en blanco, sino un contrato moral entre el elector y el favorecido. Contrato que implica escuchar, rendir cuentas, mantener abiertos los canales de comunicación y gobernar para el pueblo. He venido reiterando mi temor de que Luis Abinader termine convertido no sólo en el sepulturero de la democracia, sino de la propia existencia como nación. Porque sus compromisos, más que con el pueblo dominicano, fueron con la Comunidad Internacional que busca resolver el problema haitiano a merced de la desaparición de República Dominicana, de ahí que el abstencionismo aumenta, el desencanto se profundiza y la percepción de que "todos son iguales" esté debilitando las instituciones y al sistema.

Los partidos políticos no deberían preguntarse por qué crece la desconfianza ciudadana, la respuesta no demanda de una mejor estrategia publicitaria, ni en campañas más costosas, sino en cumplir la palabra empeñada con la población. Porque al final, la mayor traición no ocurre cuando un político cambia de discurso o incumple promesas; sucede cuando quien recibió el respaldo del pueblo olvida que ese poder nunca le perteneció y sólo le fue prestado por un tiempo, pues cuando el ciudadano deja de ser visto como el verdadero soberano, para convertirse únicamente en instrumento electoral desechable, no sólo se traiciona la confianza de un votante; sino de la sociedad misma. Tanto el sistema de partidos como la democracia en este momento están heridos de muerte, por la falta de confianza del pueblo en sus actores y corremos el peligro de caer en el peor vacío político de la historia republicana.

Por Alejandro Almánzar

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