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Opinion

Juventud y sed de oro

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¿Quieren algunos jóvenes actuales hacerse rico de la noche a la mañana, sobre todo los profesionales universitarios? ¿Acaso, esos impacientes, no entienden que el éxito se conquista sobre la base del trabajo, la responsabilidad y el esfuerzo? ¿De dónde proviene esa ambición desmedida? Estas fueron de las preguntas que nos hicimos en una reciente tertulia. Resalto que varios de mis artículos se inspiran en esos sanos encuentros.

Hubo respuestas de todo tipo, pero una se impuso y, extrañamente, fue unánime: muchos jóvenes anhelan hacerse ricos de prisa por las referencias que tienen, donde cualquier persona, a veces sin  talento y, lo peor, sin aportar nada a la sociedad, alcanza fama y fortuna.  Por igual, influye en esta desesperación de los mozalbetes por llenar sus bolsillos, en el mal ejemplo en su entorno familiar y de “amigos” y el observar la facilidad con que ciertos políticos, en su insaciable sed de oro, se hacen millonarios en un santiamén.

Aproveché y les narré una historia que marcó mi juventud. Yo tenía dieciséis años. Conseguí mi primer trabajo, por un mes, en Seguros San Rafael, abriendo y enviando cartas, colocando sellos y llevando café a todos lados. Realicé mi labor con esmero. Fui tratado con dignidad y hasta me consideraban como un hijo. Con lo que me pagarían al final, que era ciento veinticinco pesos (RD$125.00), podía comprar algunos libros, comer pizzas en El Edén y adquirir un guante de béisbol.

Cuando se acercaba la fecha de recibir la retribución, algo me sucedió. Andaba inquieto, casi irreconocible, extasiado ante la idea de que pronto tendría una cantidad de dinero impensable para mí. ¿Qué haré con tantos “cuartos”? ¿Alcanzará para todo lo que sueño? No era mi conducta normal: estaba ofuscado, con mi conciencia ciega.

A mi consejero, el padre Dubert, le expliqué la situación. La comprendió de inmediato y me dijo: "El dinero Pedro, el complicado dinero cambia a la gente, la vuelve loca; no pierdas lo que eres por su culpa; tenlo presente para que no te suceda de nuevo”. Después de eso volví a mis orígenes y terminé mi trabajo con honor, más triste por los amigos que dejaba que contento por los miserables chelitos que recibiría, que ni recuerdo en qué los gasté.

Finalicé expresándole a mis compañeros, compatriotas y camaradas: “el joven o adulto que obra inspirado por el dinero no ama lo que hace, vende su alma, comete errores y no duerme en paz. En cambio, el que trabaja movido por nobles propósitos sigue adelante, sosegado, progresa con facilidad, es útil a los demás, se guía por principios y hace del cumplimiento del deber su razón de ser”.

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