Opinion
Cultura viva – “El violín de Paganini”

Navegando literatura por las redes encontré este cuento de la escritora y profesora española, Vanessa Rivas, profesional de la psicopedagogía. Me pareció apropiado transcribirlo para Cultura viva sin análisis literario ni biográfico, pero que llegue particularmente a la juventud nuestra, porque como docente universitario percibo, que parte de ella parece haber perdido (O no ha sido formada) en el valor de la perseverancia, es decir, “en levantarse y volver a empezar cada vez que uno cae”. (Pepe Mujica).
“El violín de Paganini “Hubo un gran violinista llamado Paganini. Algunos decían que era una persona extraña. Otros que había en él algo sobrenatural. Las notas mágicas que salían de su violín tenían un sonido diferente y por eso nadie quería perder la oportunidad de verlo tocar. |
Una noche, el escenario estaba repleto de admiradores preparados para recibirlo. La orquesta entró y fue aplaudida. El director entró y recibió una gran ovación. Pero cuando la figura de Paganini surgió, triunfante, el público deliró. El violinista se puso el instrumento en el hombro, y lo que siguió fue indescriptible: blancas y negras, fusas y semifusas, corcheas y semicorcheas parecían tener alas y volar al toque de aquellos dedos encantados. De repente, un sonido extraño interrumpió el ensueño de la platea: una de las cuerdas del violín de Paganini se había roto. El director paró. La orquesta se calló. El público estaba en suspenso. Pero |
Paganini no se detuvo. Mirando su partitura, continuó extrayendo sonidos deliciosos de su violín atrofiado. El director y la orquesta, admirados, volvieron a tocar. |
orquesta pararon de nuevo, mas Paganini continuó como si nada hubiera ocurrido. Impresionados, los músicos volvieron a tocar. |
Pero el público no podía imaginar lo que iba a ocurrir a continuación. Todos los asistentes, asombrados, gritaron un "¡oohhh! " que retumbó por la sala: otra cuerda del violín se había roto. El director y la orquesta se detuvieron. La respiración del público cesó. Pero Paganini seguía: como un contorsionista musical, arrancaba todos los sonidos posibles de la única cuerda que le quedaba al destruido violín. El director, embelesado, se animó, y la orquesta volvió a tocar con mayor entusiasmo. El público iba del silencio a la euforia, de la |
inercia al delirio. |

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