Hace apenas unas semanas que la prestigiosa Universidad de Harvard publicó este informe. Se trata de un riguroso y objetivo trabajo coordinado por esa alta casa de estudios norteamericana, en cuya realización coadyuvaron diferentes instituciones y personalidades del mundo académico y social. Leerlo duele. Las cifras que en este documento se recogen superan todo lo que nos podíamos imaginar sobre la magnitud de la crisis que afecta hoy a los hermanos cubanos. Sin embargo, su mayor aporte no es ese: es levantar la esperanza. Apostar por el mejor presente y futuro de su gente.

Por múltiples razones, desde siempre nos hemos sentido atraídos por Cuba. Su historia, música, literatura, deportes, arquitectura y bellezas naturales nos han cautivado. Tradicionalmente, ambos pueblos caribeños se han llevado muy bien. Por esto, no es extraño que el terrible drama que hoy experimenta esta población nos impacte también profundamente.

Así, el informe hace primero una cruda radiografía de la realidad de la Cuba de 2026. Para esto, se auxilia de fuentes confiables en las áreas sensibles de su economía, salud, educación y estado de derecho. En este contexto, destaca de entrada un dato revelador del progresivo deterioro que viene experimentándose en su agónica economía: «Entre el 2019 y el 2024, el Producto Interno Bruto cubano cayó un 11%, con un decrecimiento del 58% en la producción agrícola, una caída del 42% en el sector manufacturero y la virtual desaparición de la industria azucarera». Esto explica por qué hoy se tiene que importar más del 70% del consumo de sus alimentos básicos, incluyendo, sorprendentemente, el azúcar y el café. Asimismo, se destaca que la canasta básica representa entre diez y quince veces el salario medio cubano.

Esta virtual bancarrota económica deja secuelas duras en los niveles de agudo empobrecimiento de su población. Pero, igualmente, explica cómo este gran país se ha ido reduciendo demográficamente de manera drástica, quedando vacío. Es lo que también revela el informe cuando apunta: «El saldo migratorio acumulado en el decenio 2013-2024 supera tres millones de personas contra un total que el censo del 2012 estimó en 11,167,325 habitantes. Es decir, Cuba ha perdido cerca de un 30% de su población».  Por esto, el laureado escritor cubano Leonardo Padura afirmaba en una reciente declaración que Cuba se estaba convirtiendo en un país de viejos.

El devastador descalabro económico se siente con fuerza también en áreas que habían sido tradicionalmente estandartes de sus políticas públicas: la salud y la educación. En este sentido, dos cifras lo reflejan. La primera: «El número de médicos por habitante se redujo a la mitad en el quinquenio 2011-2016, en parte por la exportación de servicios profesionales, que sacó a muchos médicos del territorio nacional». Y la otra es escalofriante: «Al comienzo del año escolar 2023, por ejemplo, las autoridades educativas mencionaron un déficit de personal docente superior a 17,000 maestros». Esto explica, de algún modo, por qué en nuestros países son cada vez más los médicos y profesores cubanos que se van insertando poco a poco en la región.

Y, como era de suponerse, este progresivo descalabro en las anteriores facetas se ha agudizado también en áreas desde siempre sensibles, como las libertades públicas y el estado de derecho. Un solo dato lo retrata de cuerpo entero: «Según la organización Prisoners Defenders, al cierre de junio del 2026 existen más de 1,300 presos políticos en la isla. Cuba tiene, además, una de las poblaciones penales per cápita más altas del planeta, que World Prison Brief (Institute for Crime & Justice Policy Research, Universidad de Londres) ubica como la segunda mayor del mundo, superada solo por El Salvador».

En todo caso, el informe no se queda en mostrarnos el estado crítico de la situación; va mucho más allá. Explora con bastante objetividad y rigor las razonespor las cuales se ha llegado hasta esta desoladora realidad. Y lo hace superando el clásico pretexto del status quo: el del gobierno cubano, que le atribuye toda esta crisis al bloqueo económico estadounidense; o el del gobierno norteamericano, que suele culpar al régimen de todos sus problemas y persiste en afianzar el cerco económico como única alternativa para derrocar al régimen. Es una invitación a ver más allá del blanco o el negro.

El informe hace una crítica certera a las respectivas políticas internacionales que en las últimas seis décadas han mantenido ambos Estados. Asimismo, destaca cómo las autoridades cubanas desaprovecharon la oportunidad de oro que se presentó en el 2016 para reencauzar el destino del país con el restablecimiento de sus relaciones comerciales y diplomáticas.

No obstante, el estudio apuesta por el diálogo y la transición democrática como única salida a la gravísima crisis de Cuba. No cree en la intervención extranjera ni en políticas imperiales en la isla como salidas viables al problema. Pero, al mismo tiempo, propugna un real cambio de rumbo del gobierno cubano. Por esto, concluye con gran honestidad: «Estamos conscientes que un tránsito democrático en Cuba requiere de la voluntad compartida de actores tan diversos como el gobierno de la isla, la administración de los Estados Unidos, organizaciones de la diáspora, la comunidad internacional, sectores de la oposición y la sociedad civil. Construir ese consenso no será fácil. Pero para Cuba y los cubanos, es simplemente la única opción».

En definitiva, este informe no debe asumirse como un dogma de fe, pero representa un razonable esfuerzo académico por entender la actual crisis de Cuba y, sobre todo, por explorar sus mejores alternativas para superarla y levantar la anhelada esperanza en la tierra de José Martí y Máximo Gómez.