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Opinion

Mi ventana óptica – La ONU ante el ridículo

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Cada vez que estallan conatos de guerra que ponen la paz mundial en peligro, surge la misma interrogante sobre este organismo, que se supone árbitro global y al final, resulta en espectador impotente pues, aunque esta no es un gobierno mundial, con poder de detener esos hechos, pero si tampoco sirve para buscar diálogos, entonces estamos ante algo inoperante que, en lugar de mediar, sólo crea conflictos a países pequeños.

En un mundo que presume de haber aprendido las lecciones de dos guerras mundiales, resulta inquietante observar, cómo las tensiones entre potencias vuelven a escalar peligrosamente, como el reciente escenario entre Estados Unidos, Israel e Irán, que trae al centro del debate el rol de la Organización de las Naciones Unidas, de si es un mecanismo eficaz para evitar conflictos o una institución atrapada en limitaciones.

En 1945, nació con un propósito claro, preservar la paz y la seguridad internacional. Su estructura, particularmente el Consejo de Seguridad, fue diseñada como sistema de equilibrio entre las potencias. Sin embargo, ese mismo diseño hoy se ha convertido en su mayor debilidad. El derecho al veto de sus cinco miembros permanentes, entre ellos USA, ha paralizado en múltiples ocasiones cualquier intento de acción contundente, porque como sabemos, la guerra es dolor para muchos y negocio para otros.

Y en conflictos donde intereses estratégicos están en juego, esta queda reducida a un foro de discursos vacíos. Las resoluciones se negocian, se diluyen o simplemente se bloquean. Mientras tanto, las tensiones crecen, los misiles se disparan y la diplomacia se convierte en un ejercicio de retórica, más que de soluciones reales.

La escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán es particularmente reveladora. Aquí no sólo convergen rivalidades históricas, sino también intereses geopolíticos, energéticos y militares. En este tablero, la ONU intenta promover el diálogo y evitar una confrontación abierta que podría desestabilizar no sólo al Medio Oriente, sino al mundo, pero sin éxitos, porque su capacidad de acción depende, paradójicamente, de la voluntad de los mismos actores que protagonizan el conflicto.

¿Puede entonces la ONU realmente evitar guerras entre potencias? La respuesta es, que su poder no es coercitivo, sino moral y diplomático, pues no tiene ejército propio, ni autoridad para imponer decisiones sin el respaldo de sus miembros más poderosos. Su fuerza reside en la legitimidad internacional, en la presión política y en la construcción de consensos, ante un escenario así, si yo fuera el presidente de ese organismo, pediría su disolución y renuncio a eso.

Aunque reconozco que ha evitado escaladas mayores, mediante negociaciones discretas, con misiones de paz y sanciones internacionales. Ha servido como canal de comunicación cuando todos los demás se han cerrado. Quizás sin esta, el vacío sería aún más peligroso, pero la falta de voluntad política de los Estados para someterse a un orden internacional, basado en reglas ridiculiza su existencia.

No basta emitir comunicados o convocar reuniones de emergencia. Se requiere liderazgo, presión diplomática real y, sobre todo, un compromiso genuino de las potencias para evitar lo que podría ser una catástrofe global como la que nos exponemos hoy. En conclusión, la ONU por más poder que tuviera, no podría enfrentar intereses de potencias que mediante guerras hacen su mejor negocio, pues hasta a Trump, hombre de paz y dialogador por excelencia, estos les han doblado el pulso.

Por Alejandro Almánzar

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