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Opinion

Mi ventana óptica – ¡Un proyecto espacial!

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En países donde todavía se debate cómo cerrar la brecha del hambre, la desigualdad, de educación pública o garantizar empleos dignos, hablar de “Puerto Espacial” es pura fabulación y Abinader, fabulador por excelencia, pone esto sobre el tapete, para distraer a una población acostumbrada a que la manejen así.

La pregunta no es si podemos mirar al espacio, es ¿Desde dónde estamos mirándolo? Si tenemos los pies en la tierra, para encauzar a un país con tantos problemas estructurales que no se resuelven con discursos de modernidad, una desigualdad social rampante, informalidad laboral, precariedad de servicios básicos y economía dependiente de sectores vulnerables a crisis externas.

Aunque el crecimiento macroeconómico lo presentan como éxito, la pobreza sigue siendo la realidad para miles de familias y hablar de industria espacial en ese contexto, resulta risible. No porque sea negativo, todo lo contrario, sino porque el salto debe tener una base sólida y no pensar en construir una plataforma de lanzamiento sobre tantos males acumulados.

Aunque, negar la posibilidad de una visión estratégica sería miopía, pues países que apostaron por la tecnología de punta, transformaron su estructura económica, ya que, el sector espacial no es sólo cohetes; implica investigación, innovación, telecomunicaciones, meteorología avanzada, vigilancia ambiental y desarrollo de capital humano altamente calificado, lo que trae inversión extranjera, genera empleos especializados y posiciona al país en un nicho tecnológico; diversificando la economía más allá del turismo y remesas.

¿Desarrollo real o retórica politiquera? El riesgo es convertir esto en una vitrina simbólica, una narrativa de modernidad sin conectar con la realidad. Cuando una nación con déficits en infraestructura básica apuesta por una industria de alta tecnología, el contraste se convierte en propaganda política únicamente.

Los grandes proyectos sólo funcionan cuando están respaldados por inversión sostenida en educación científica, universidades fortalecidas y políticas públicas coherentes. Sin eso, el “puerto espacial” sería una maqueta de manipulación, cuando reformar la educación y poner énfasis en la ciencia e ingeniería es la clave. Pero, además, combatir la corrupción que drena los recursos públicos.

Fortalecer el estado de derecho, crear ecosistemas de innovación locales. Hacer que los beneficios económicos no queden concentrados en una élite como ocurre hoy día. Sin esa transformación, cualquier cohete despegará, pero el pueblo seguirá anclado en tierra. Por eso exigimos coherencia entre la palabra y los hechos, pues antes de conquistar el espacio, primero debe conquistarse la equidad.

El desarrollo no se mide por la altura de un lanzamiento, sino por la calidad de vida de la gente. Usar la idea espacial como herramienta de transformación estructural o convertirla en un símbolo desconectado de su realidad social, es funesto, porque el verdadero viaje no es hacia el espacio, es dignificando a la gente.

Los puertos espaciales son motores de desarrollo económico y tecnológico, pero su impacto ambiental no es trivial, emisiones, contaminación acústica, riesgos a especies vulnerables y tensiones con comunidades locales son desafíos repetidos en países y nosotros debemos aprender de estos ejemplos primero, ante de pensar en maximizar beneficios económicos, sin integrar desde el inicio mecanismos sólidos de protección ambiental y participación comunitaria.

Estos proyectos requieren manos de obras especializadas y en general para construcción, operación y mantenimiento, además de incentivar la formación en áreas de alta tecnología, investigación científica, logística y servicios asociados, de lo contrario, eso no pasará de una tomadura de pelo más de políticos irresponsables.

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