Opinion
¡Hablemos plepla!
Cada vez más prefiero lo silvestre a lo formal, con la condición de que no interrumpa con el cumplimiento de mis deberes, responsabilidades y compromisos. Por ello, salvo que sea necesario y constructivo, evito las discusiones sobre temas serios que me apasionan: derecho, política, literatura, arte, deporte, economía y tecnología.
En resumen: con el tiempo me identifico más con la plepla, una palabra que debemos valorar para andar libres de cargas en la cabeza y en el corazón, que ya demasiadas preocupaciones tenemos. ¡Qué entretenido es hablar plepla! ¡Es una terapia extraordinaria! ¡No se imaginan lo grato que es pasarse horas diciendo tonterías y escuchando asuntos sin importancia! ¡Créanlo, esto constituye una enorme satisfacción!
La plepla nos hace libres y nos desinhibe, nos convierte en seres naturales y sin complejos. En un encuentro de pleplosos todos somos hermanos y cómplices del disparate verbal, nadie piensa mal cuando expresamos nimiedades o si nos reímos como locos cuando nos cuentan una historia sin argumento, sin principio, sin fin. Ese instante nos regresa a la niñez o nos acelera a la vejez.
Y la radical mesura pasa al olvido, ningún tema profundo o complicados juicios de valor, cero filosofía o cosas por el estilo. También está prohibido ofenderse, incomodarse o marcharse bravito del escenario, aunque desnuden nuestros risibles actos u ofrezcan sanos detalles sobre las vergüenzas que hemos pasado al enamorarnos, cantar o bailar.
En un encuentro de pleplosos cada cual debe platicar plepla. La pleplería es solidaria. También es comunista, donde podemos exclamar: ¡pleplosos del mundo, uníos! Y nadie es superior a otro. O todos son pleplosos o ninguno. Si solo es uno, haría el ridículo y sería motivo de burla. Y el que se quede como simple observador, sería mal visto por los asistentes y hasta su cortadita de ojos recibiría.
La plepla es diferente al chisme. No os confundáis, amigos lectores. El chisme siempre trata sobre personas, se nutre de los defectos que atribuimos al prójimo, que Fulanito es esto y Zutanita aquello. Es nocivo, corroe el alma y marchita la conciencia.
En cambio, la plepla, ¡ah, caramba!, qué benigna e inofensiva es, pues se refiere a cuestiones baladíes. Los pleplosos parlotean, por ejemplo, sobre el rompecabezas que nunca formaron, las consecuencias de las “jarturas” de habichuelas con dulce, lo feo que se veían con sarampión, los “pantalones campana”, la “barriguita cervecera”, ver “a Dios comiendo arroz” o “sacar batata de la pantorrilla”.
¡Viva la plepla! Pero, cuidadito, que la plepla tiene su momento, es una distracción temporal y no un estilo de vida. Por ello, oféndase si en un ambiente no pleploso le dicen que usted habla mucha “plepla”.
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