Opinion
La muerte de los Migueles

Hay muertes que impactan más que otras, no importa si conocemos o no personalmente al que nos deja. Las circunstancias en que se producen determinan el grado en que nos afecta. Suele ocurrir con promotores del bien, artistas y políticos. Por ejemplo, me entristeció la ausencia de la Madre Teresa, Sonia Silvestre y Nelson Mandela.
Destaco dos asesinatos que, con una intensidad inesperada, tocaron mis más sensibles fibras del alma. El primero fue en 1997 y el segundo con un desenlace hace apenas días. Me refiero a Miguel Ángel Blanco y Miguel Uribe Turbay.
El 10 de julio de 1997, los terroristas de ETA secuestraron a Blanco, un concejal de Ermua, Vizcaya, España, por el Partido Popular. No era famoso ni sus funciones relevantes, pero ese hecho sacudió al mundo sensato. Las manifestaciones pidiendo su liberación fueron multitudinarias.
Por desgracia, la barbarie y la cobardía se impusieron y lo mataron dos días después, teniendo como resultado el inicio del declive de ETA. Blanco tenía 29 años. Fue uno de los cientos de víctimas de la sinrazón en la Madre Patria y en todos los puntos cardinales, donde mantener o conquistar el poder por cualquier modo es la meta y la barbarie el medio para lograrlo.
Cuando anunciaron su ejecución, lloré indignado. ¿Qué motiva al Homo sapiens ser tan cruel? ¿Hay corazones que no palpitan?Mis pensamientos se vistieron de imágenes de Mahatma Gandhi, Martin Luther King, la niña vietnamita del napalm… Me mantuve solo durante horas, indignado hasta conmigo mismo, pues como humano algo de culpa debía tener.
Sensación similar me sucedió con la muerte Uribe Turbay, senador y candidato presidencial colombiano, herido de gravedad el pasado 7 de junio. Estuvo ingresado desde entonces en una clínica, sometido a varias intervenciones quirúrgicas; aunque con mejoría en ocasiones, su estado siempre fue crítico.
El responsable de la atrocidad fue un imberbe contratado por los amantes del terror y la anarquía, por los irrespetuosos de la vida, por los que no entienden la palabra “democracia”.
El mundo sensato, nueva vez, levanta su voz; no es solo una muerte, es un reflejo de lo más bajo de la naturaleza humana que merece condena universal, repudio, sanción ejemplar.
Y las lágrimas volvieron a inundar mi rostro, penetrando en la sangre de mi cuerpo. Y aumentaba el caudal cuando recordaba las palabras de su esposa, María Claudia Tarazona: "Pido a Dios me muestre el camino para aprender a vivir sin ti; descansa en paz amor de mi vida, yo cuidaré a nuestros hijos".
Miguel Blanco y Miguel Uribe, los Migueles: ¿Cuánto he aprendido sintiendo el dolor de sus partidas? Que Dios nos perdone.

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