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Opinion

Mi ventana óptica – El rumbo de la humanidad

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Entre el desencanto y búsqueda de sentido a la vida, vivimos hoy día en medio del desconcierto y no hablamos sólo de crisis del liderazgo o de sistemas, sino algo más profundo. Parece haberse perdido la fe, no sólo en la religión, sino también en la política, ciencia y, en gran medida, en sí misma.

Durante siglos, civilizaciones se han sostenido sobre tres grandes pilares, religión, que ofrecía esperanza y moral; política, que prometía organización y justicia y la ciencia, que garantizaba progreso y conocimiento, hoy, estos tan sólo generan dudas. La religión, no logra responder a preguntas existenciales de una generación que observa mucho dolor y contradicciones entre los sermones y las acciones.

Las iglesias, templos y mezquitas se vacían, no tanto por falta de fe en Dios, sino por la desilusión ante sus falsos intermediarios humanos. La política, por su parte, ha dejado de ser vista como instrumento de transformación, para convertirse en algunos casos, en un espectáculo de intereses y promesas incumplidas.

La ciudadanía, ya no espera que los políticos cambien el mundo; sólo desea que no lo empeoren tanto. Las ideologías, que antes movían multitudes, hoy se diluyen entre la indiferencia y el cinismo, y la ciencia, que alguna vez fue refugio de la razón frente al dogma, también enfrenta su propio descrédito, no por falta de logros, sino por su distanciamiento social.

En una era dominada por algoritmos y avances tecnológicos, la humanidad es espectadora de un progreso que no comprende ni controla. Las verdades científicas se difunden con la misma fragilidad que los rumores y las teorías conspirativas hallan más eco que los descubrimientos genuinos.

Esto deja en un vacío a una humanidad que ya no sabe su origen, hacia dónde camina, ni por qué, o sea, nacemos una y otra vez, sin saber, ni entender por y para qué. El siglo XXI nos prometió conexión y trajo aislamiento; ofreció información y tenemos confusión, nos habló de libertad y nos atrapó en la dependencia de las pantallas y la indiferencia humana.

Queriendo ser positivo, quizás esta pérdida no sea el fin, sino el preludio de algo nuevo o mejor. Tal vez, estamos presenciando un cambio de Era, en el que viejos sistemas ya no bastan y el ser humano se ve obligado a mirar hacia adentro, a reconstruir su propio propósito fuera de lo tradicional. ¿Seremos capaces de reinventar el sentido de nuestra existencia, antes de que la indiferencia termine de vaciarla?

El rumbo de la humanidad no está escrito, pero si no recuperamos la capacidad de creer, no necesariamente en Dios, en los partidos o en la ciencia, sino en el valor de nuestra propia humanidad, corremos el riesgo de perdernos en un mundo cada vez más brillante y, al mismo tiempo, más oscuro.

En el momento en que pensábamos vivir en claridad y transparencia de los actores, despertamos frente a todo lo contrario, donde las riquezas acumuladas de poco sirven a la gente, como si en un abrir y cerrar de ojo caímos por un precipicio donde las tinieblas fueron nuestro amparo. Jóvenes sin futuro, atrapados en vicios, emprendiendo una inmigración forzosa buscando sobrevivir, mientras quienes nos consideran sus rebaños, nos conducen cada vez a una mayor oscuridad, en un mundo con menos respuestas a los reclamos sociales.

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