El enfoque científico más arraigado actualmente asocia de forma directa la calidad del sueño con la buena salud. Por ello, se reconoce que dormir bien es, incluso, más importante que la alimentación sana y los ejercicios. De igual modo, se relaciona el déficit de sueño que padecemos con el estrés propio de la vida moderna; en otras palabras, con la poca higiene del sueño que nos caracteriza. Crear conciencia sobre estas realidades debería ser una prioridad de salud pública de primer orden. Lamentablemente, en nuestro país se adolece de esto: no he visto el primer mensaje de la costosa publicidad estatal que aluda, siquiera, a este grave problema social.
En este contexto, proliferan en el mundo las técnicas para alcanzar un mejor descanso y medirlo. Como era de esperarse en la sociedad de consumo en que vivimos, las industrias han identificado que alrededor de este problema existe un vasto y rentable mercado que satisfacer y explotar. Por esto, la periodista española Laura Pajuelo, especializada en tecnología, nos decía recientemente: “No es casualidad que en los últimos años hayan proliferado las tecnologías diseñadas para analizar el sueño: relojes inteligentes, anillos, sensores bajo el colchón o aplicaciones móviles prometen medir cómo dormimos y ayudarnos a mejorar”.
Le confieso que no me he sustraído a esta tendencia. Desde hace meses uso uno de estos utensilios, en particular, el anillo. La experiencia ha sido satisfactoria. Con este objeto obtengo el tiempo total del sueño de la noche anterior, la eficiencia, el sueño REM —una de las fases principales—, el sueño profundo, entre otros datos. Igualmente, no solo monitoreo la calidad de mi descanso, sino también otros indicadores clave de mi salud, en especial la frecuencia cardíaca, el nivel de estrés y las calorías quemadas al día. Es una herramienta útil que la tecnología pone a nuestro servicio. Obviamente, esto tampoco nos puede llevar a obsesionarnos con el instrumento, cual fetiche, hasta provocarnos un efecto secundario nocivo para la salud mental.
Por demás, no tengo que recurrir a las otras tecnologías citadas, pues suelo usar técnicas más efectivas y baratas: me refiero a las prácticas conscientes de la respiración que nos proporcionan el yoga y la meditación. Al estudiar esta indisoluble relación, la neurocientífica madrileña Dra. Nazareth Castellanos nos dice: “Cuando te intentas dormir y no puedes, la respiración lenta tiene un efecto analgésico y calmante”. Del mismo modo, suelo repetir para lograr conciliar el sueño, cual mantra, frases muy efectivas como: “Voy a dormir; este tiempo es mío; voy a soñar”. Los resultados son usualmente halagüeños, aunque la mejor técnica para dormir sea simplemente una: tener sueño.
No obstante, nos sorprendió hace poco leer los resultados arrojados por un estudio evolutivo sobre el tema llevado a cabo por el antropólogo canadiense Dr. David R. Samson, recogido en su libro, recién publicado este año El simio insomne. La historia del sueño en la evolución humana. Una de sus fascinantes conclusiones es que “los humanos pasamos por un experimento evolutivo radical. Somos los primates que menos duermen”. Fruto de años de estudio, el autor comprobó que, en comparación con nuestros parientes primates —que duermen entre 11 y 17 horas al día—, los humanos dormimos mucho menos. Y esto no como consecuencia del azar o del entorno tóxico que conspira ahora contra el descanso, sino por la propia evolución de la especie.
Prefiero, sin embargo, no embriagarme en demasía con este descubrimiento y proseguir cuidando nuestro descanso: durmiendo lo necesario para cargar la pila, comiendo sano y ejercitándome. Y, agregando, sí, esta otra recomendación final que el Dr. Samson aporta en su obra: “Ancla tu día con la luz de la mañana. Pasa más del 15% de tu tiempo diario al aire libre, con luz solar de espectro completo en distintos momentos del día. Si puedes, camina por entornos verdes: las hojas absorben la luz infrarroja, que alimenta nuestras mitocondrias”.
A propósito, cuando escribí este artículo dormí como un lirón; ojalá que, al leerlo, te pase lo mismo.





















