Opinion

¡VOLVER AL PUERTO DE ORIGEN!

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Reynaldo Peguero
rpeguero@strategius.org

En la década de los años ochenta, unas declaraciones del doctor Joaquín Balaguer provocaron un intenso debate intelectual. El prudente presidente dominicano sostuvo que El Viejo y el Mar, del Premio Nobel Ernest Hemingway, guardaba una sorprendente semejanza con el cuento Rumbo al Puerto de Origen, de Juan Bosch, llegando incluso a insinuar la posibilidad de un plagio.

No corresponde aquí dirimir aquella controversia literaria. Lo verdaderamente relevante es que ambas obras contienen una poderosa metáfora sobre el destino de las sociedades: el mayor peligro no siempre reside en el fracaso, sino en perder el rumbo después del éxito. Esa reflexión parece particularmente pertinente para Santiago de los Caballeros.

Las ciudades, al igual que las organizaciones, atraviesan ciclos históricos. El padre de la administración moderna, Peter Drucker, advertía que las instituciones exitosas suelen fracasar cuando creen que las fórmulas que las condujeron al triunfo seguirán funcionando indefinidamente. El éxito genera inercias, complacencia y resistencia al cambio. Algo semejante parece estar ocurriendo en Santiago.

Durante más de tres décadas, la ciudad construyó uno de los más sólidos procesos de planificación estratégica de América Latina. El Plan Estratégico de Santiago (PES), el Consejo para el Desarrollo Estratégico de Santiago (CDES), el Plan de Ordenamiento Territorial (POTSA) y decenas de alianzas público-privadas permitieron consolidar una cultura de concertación que trascendió los gobiernos municipales y nacionales.

Ese modelo convirtió a Santiago en referente nacional de gobernanza territorial. Numerosos organismos internacionales estudiaron sus avances por la capacidad de reunir empresarios, universidades, gobiernos locales, organizaciones sociales y ciudadanía alrededor de una visión compartida de desarrollo.

Sin embargo, los procesos institucionales también envejecen. La desaparición física o el retiro de varios de los principales líderes que impulsaron aquella visión ha dejado un vacío que todavía no ha sido plenamente ocupado. El relevo generacional aún no logra reconstruir los consensos, la capacidad de articulación ni la autoridad moral que caracterizaron aquella etapa.

Paradójicamente, hoy se observa mayor claridad estratégica desde importantes sectores del Estado. El presidente Luis Abinader, la vicepresidenta Raquel Peña, el alcalde Ulises Rodríguez, la gobernadora Rosa Santos y el senador Daniel Rivera impulsan iniciativas que buscan consolidar a Santiago como la principal metrópoli del Cibao y uno de los motores económicos de la República Dominicana.

También merece reconocimiento la reflexión estratégica desarrollada por Manuel Estrella sobre el papel de Santiago como ciudad-región, así como los aportes de empresarios como Félix García y Miky Lama, quienes han contribuido a mantener vigente el debate sobre la competitividad territorial y el futuro urbano.

No obstante, continúan apareciendo señales preocupantes.

La primera es la progresiva fragmentación institucional. En lugar de fortalecer los instrumentos existentes, surgen nuevas iniciativas que, lejos de complementarlos, tienden a competir entre sí, multiplicando diagnósticos, consultorías y propuestas sin una adecuada articulación. Como ha explicado John M. Bryson, la planificación estratégica pierde eficacia cuando proliferan agendas paralelas que debilitan la visión compartida.

La segunda preocupación es la disminución de la capacidad crítica de importantes sectores de la sociedad civil. Decisiones urbanas de enorme trascendencia apenas generan debate técnico. Un ejemplo fue la frustrada adquisición de los terrenos de la antigua Tabacalera por parte de la Universidad ISA, pese a las recomendaciones formuladas por tres doctores en urbanismo de universidades estadounidenses que participaron junto a quien suscribe en trabajos para el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el CDES. La ciudad dejó escapar una oportunidad excepcional para discutir el mejor destino estratégico de uno de sus espacios urbanos más valiosos.

Una tercera señal de alerta es el debilitamiento del proceso de gobernanza de la cuenca del río Yaque del Norte, uno de los proyectos ambientales e institucionales más trascendentes del país. La literatura internacional demuestra que las grandes ciudades del siglo XXI dependen cada vez más de la gestión integral de sus cuencas hidrográficas. Elinor Ostrom demostró que los recursos naturales compartidos solo pueden administrarse exitosamente mediante instituciones estables, reglas consensuadas y cooperación entre múltiples actores. Abandonar ese camino supone aumentar la vulnerabilidad territorial.

Existe además una inquietud creciente entre especialistas nacionales. Más de veinte arquitectos, urbanistas y estrategas territoriales de Santo Domingo me han expresado directamente que el denominado Plan Integral Urbano Santiago 2035 podría representar un intento de reproducir procesos impulsados por sectores inmobiliarios similares a los desarrollados en la capital, donde la influencia privada ha incidido significativamente sobre las políticas de ordenamiento territorial.

Mi respuesta ha sido prudente. Santiago posee fortalezas institucionales construidas durante décadas que no deben ser ignoradas. El POTSA continúa siendo uno de los instrumentos técnicos más sólidos del país, mientras el Plan Estratégico conserva una valiosa base de consensos susceptible de ser actualizada y fortalecida. Asimismo, el actual alcalde Ulises Rodríguez dispone de una importante experiencia acumulada para liderar un proceso de articulación institucional, siempre que privilegie como creemos y confiamos, la integración por encima de la superposición de iniciativas.

Jane Jacobs advertía que las ciudades fracasan cuando sustituyen la inteligencia colectiva por decisiones concentradas en pocos actores. Michael Porter, por su parte, sostiene que la competitividad territorial depende de instituciones capaces de cooperar más que de competir entre ellas. Manuel Castells recuerda que las ciudades exitosas funcionan como redes de gobernanza antes que como simples administraciones públicas, mientras Philip Kotler insiste en que ninguna estrategia de posicionamiento territorial resulta sostenible sin una identidad ampliamente compartida por sus ciudadanos.

En consecuencia, Santiago no necesita una proliferación de nuevos planes. Necesita fortalecer la gobernanza, actualizar su visión estratégica, recuperar la institucionalidad concertadora, coordinar sus liderazgos y ejecutar con mayor eficacia los instrumentos que ya posee. La verdadera innovación no consiste en reemplazar permanentemente las estrategias existentes, sino en hacerlas evolucionar mediante consensos y evidencia científica.

Las enseñanzas literarias de Hemingway y Bosch convergen sorprendentemente. En El Viejo y el Mar, la victoria adquiere sentido cuando el pescador logra regresar con dignidad al puerto. En Rumbo al Puerto de Origen, Bosch reivindica el retorno a los principios esenciales como condición para recuperar el sentido del camino.

Santiago enfrenta hoy un desafío semejante. Después de haber construido uno de los procesos de planificación urbana más admirados del Caribe, el mayor riesgo no es carecer de proyectos, sino olvidar las bases institucionales que hicieron posible ese éxito. Volver al puerto de origen no significa regresar al pasado; significa recuperar la cultura de planificación, la gobernanza colaborativa, el liderazgo compartido y la visión estratégica que convirtieron a Santiago en un referente nacional e internacional.

Porque las ciudades que olvidan su propia historia terminan perdiendo también su futuro.

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