El Cibao
Placide Le Brun: el general haitiano cuyo corazón reposa en La Vega

La Vega. – El principal impulsor del desarrollo urbano de esta ciudad a mediados del siglo XIX fue el general y mariscal de campo Placide Le Brun, cuya memoria histórica permanece viva en La Vega, donde —según la tradición— su corazón fue sepultado en la antigua plaza de armas.
Le Brun es considerado por algunos historiadores como un benefactor de La Vega. Durante su administración impulsó el empedrado de las principales calles, promovió la construcción del Palacio de Gobierno y ordenó levantar un puente de piedra sobre la zanja que, en tiempos de lluvias, obstaculizaba el tránsito por la antigua calle Colón.
Interesado en el progreso económico e intelectual de la ciudad, solicitó al presbítero Pablo Francisco de Amézquita la elaboración de una relación histórica del desarrollo del poblado bajo su mando, con el propósito de comprender sus males y valorar sus aspiraciones y necesidades. Junto a la fundación de escuelas, promovió talleres de oficios, facilitó el comercio y gobernó con un espíritu que algunos califican de abierto.
Versiones sobre su sepultura
Debido a que Le Brun estuvo al frente tanto del departamento militar de Santiago como del de La Vega, se presume que su cuerpo fue sepultado en el Cerro del Castillo, lugar donde años después se levantó el Monumento a los Héroes de la Restauración, mientras que su corazón habría sido enterrado en el parque Duarte, en La Vega.
La versión más extendida sostiene que el corazón del general haitiano fue colocado en una caja de bronce.
Le Brun fue uno de los siete comandantes distritales nombrados en la parte este de la isla por Jean-Pierre Boyer al inicio de la ocupación haitiana en 1822. El historiador Edwin Espinal recuerda que fue designado para regir el distrito de La Vega, que entonces comprendía las comunas de La Vega, Cotuí, Moca y San Francisco de Macorís.
Espinal señala que Le Brun y sus pares llegaron a convertirse en grandes propietarios de tierras en la antigua colonia de Santo Domingo. En La Vega poseía vastos cafetales, alambiques, una casa de comercio y un palacio que fue destruido por el terremoto de 1842. Ese lugar fue conocido como el “Palacio de la Sangre”, una denominación cuyo origen exacto se desconoce, pero que sugiere rasgos del ejercicio de su autoridad.
En 1829 fue trasladado con el mismo cargo de gobernador a Santiago, donde murió en una fecha no precisada. Espinal explica que no existen datos claros sobre su estancia final en esa ciudad, cuyos archivos y edificaciones fueron afectados por el incendio de 1863 durante la Guerra Restauradora.
Por su parte, Guido Despradel y Batista, en su obra Historia de La Concepción de La Vega, afirma que el corazón de Le Brun fue enterrado en el centro de la plaza de armas de La Vega, por disposición expresa del propio general, aunque se desconoce el paradero de su cuerpo.
Sin embargo, el periódico El Constitucional, de Santiago, en ediciones del 15 y 20 de noviembre de 1900, señalaba que el corazón de Le Brun estaba enterrado en el Cerro del Castillo, donde hoy se levanta el Monumento a los Héroes de la Restauración. Espinal sostiene que, de acogerse la versión de Despradel, lo que debió estar en El Castillo era el cuerpo y no el corazón.
El historiador plantea incluso si la denominación Monte Haitiano, con la que se conocía esa elevación hasta la época de la anexión a España, pudo estar vinculada a la sepultura del general.
¿Desaparecieron sus restos?
Espinal considera que, de otorgarse plena validez a estas versiones —aún vigentes como tradición oral a finales del siglo XIX—, los restos de Le Brun pudieron haber desaparecido durante la construcción de los depósitos del primer acueducto de la ciudad, entre 1915 y 1917, o con la edificación del propio Monumento en 1944.
El historiador define a Le Brun como un personaje excéntrico, al ordenar que su cuerpo y su corazón fueran enterrados en lugares distintos. La sepultura en el Cerro del Castillo habría obedecido a su deseo de “dominar la ciudad desde las alturas”, mientras que su corazón permanecería en el punto más simbólico de La Vega.
Pese a su condición de invasor, algunos contemporáneos y cronistas lo consideraron un benefactor del territorio, por la impronta urbana que dejó y por su intención de gobernar con cierta armonía y tranquilidad.
Durante los siete años que estuvo al frente de la comandancia de La Vega, Le Brun se hizo acompañar de varios ayudantes, entre ellos el coronel François Philemon Charlemagne y el teniente Henry Nod.

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