Opinion
Mi ventana óptica – Nuevo orden y capitalismo
Hablar de un “nuevo orden”, ya no se trata del futuro, sino la realidad del presente. El mundo cambió, pero no necesariamente en la dirección que prometían los discursos de progreso. La globalización, la revolución tecnológica y la interconexión financiera han configurado un sistema más eficiente, sí, pero más desigual, donde no han desaparecido las injusticias acumuladas.
Ha profundizado su tendencia histórica a concentrar riquezas en cada vez menos manos. Durante décadas, se defendió la idea de que ese crecimiento económico terminaría en poder de las mayorías; sin embargo, los datos recientes desmontan eso. El desarrollo existe, es innegable, pero su distribución es cada vez más asimétrica.
Unas cuantas corporaciones y élites financieras controlan los recursos globales, mientras amplias capas poblacionales enfrentan el estancamiento salarial, precarización laboral y pérdida del poder adquisitivo de las mayorías. Los Estados han perdido sus soberanías económicas y sus determinaciones.
Un sistema que controla las grandes empresas tecnológicas, los fondos de inversiones y plataformas digitales que han adquirido un poder que trasciende fronteras y desafía la soberanía tradicional. No hablamos sólo de riquezas, se trata de influencia, pues estas no sólo acumulan capital, sino también datos, moldean opiniones e influyen en decisiones electorales de los países.
Tenemos una era de mayor acceso a la información y, al mismo tiempo, en una de las mayores concentraciones de poder económico de la historia, donde millones de personas poseen dispositivos capaces de conectarlas con el mundo, pero las decisiones fundamentales sobre ese mismo mundo se toman en círculos muy reducidos.
La desigualdad, pasó de un problema moral a una amenaza estructural; generando sociedades con brechas extremas de inestabilidad, desencanto democrático, que ya provoca el surgimiento de movimientos populistas que capitalizan esto, pues no es un secreto para nadie, que cuando la mayoría percibe que el sistema no les ofrece oportunidades reales, sólo puede dudar, desconfiar y sospechar.
El debate no es si el capitalismo es peor o mejor que el socialismo, sino cómo transformarlo. La historia ha demostrado que los sistemas económicos pueden adaptarse, y China es un ejemplo. Pero debe existir voluntad política y social para lograrlo. Frenando los excesos, garantizar una distribución justa y redefinir el papel del Estado, estas no son ideas radicales, sino necesarias para la sostenibilidad del sistema.
Que tengamos un “capitalismo consciente” o “inclusivo”, donde el éxito empresarial no se mida únicamente en ganancias, sino también en impacto social. En la República Dominicana hay razones suficientes para sentir preocupación, porque de repente tenemos a un empresariado que le niega el trabajo al nativo, para explotar manos de obras de ilegales pagando salarios de miseria, mientras el ciudadano tiene que embarcarse hacia nuevos horizontes, donde les permitan vivir con la dignidad que su tierra le niega.
Es un modelo impuesto sin consultar a los que serán afectados, en el cual la democracia y los derechos no cuentan. Aunque desde la perspectiva histórica y económica, la transformación del orden internacional después de la Guerra Fría ha estado matizada por la globalización, expansión del libre comercio, poder creciente de multinacionales, las instituciones financieras internacionales y, más recientemente, la rivalidad entre grandes potencias. En conclusión, el nuevo orden y el capitalismo, con casos excepcionales, ha producido más riqueza y menos pobreza extrema, pero también mayor concentración del poder económico y enormes desigualdades, o sea, eficaz creando riquezas; pero mal distribuidas.
Por Alejandro Almánzar
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