Opinion

Mi ventana óptica – ¡La nueva Gran Depresión!

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En octubre de 1929, el desplome de la bolsa de valores de Nueva York produjo un derrumbe en cadena, bancos quebrados, empresas cerrando, millones de empleos perdidos y el comercio mundial arruinado. Lo que parecía crisis financiera, terminó en debacle económica, social y política, abriendo la puerta al extremismo político en países provocando conflictos mayores. Cada crisis global nos recuerda que las economías modernas siguen siendo vulnerables a esos mismos factores, miedo, incertidumbre, especulación y temas geopolíticos.

La actual, derivada del enfrentamiento entre Irán, Israel y Estados Unidos no es idéntica, pero contiene elementos para reflexionar. Porque no nace en Wall Street, sino en una de las regiones más estratégicas del planeta, poniendo en riesgo el flujo energético mundial, especialmente a través del Estrecho de Ormuz, por donde transita casi el 20% del petróleo y gas que consume el mundo, trayendo aumento de precios del petróleo e incertidumbre en los mercados y una posible desaceleración económica global según economistas.

Ambos casos tienen el temor como motor económico y cuando inversionistas temen perder, no invierten. Cuando las empresas temen el futuro, evitan contrataciones. Si los consumidores sienten incertidumbre, gastan menos, o sea, el miedo multiplica la crisis. El mundo enfrenta, además, un problema que en 1929 tenía menor dimensión, la dependencia energética que afecta el transporte, producción industrial, agricultura y, finalmente, el costo de alimentos, mientras la inflación se convierte en amenaza para millones, especialmente en países importadores de energía.

Hoy es diferente, porque los gobiernos y bancos centrales poseen herramientas que no existían en 1929. Los sistemas financieros están mejor regulados, los bancos centrales intervienen con rapidez y existe una coordinación internacional efectiva. También, las economías modernas poseen mecanismos de protección social que amortiguan el impacto. Aunque la historia demuestra que ninguna herramienta económica sustituye la estabilidad política, pues los mercados soportan malas noticias, pero reaccionan estrepitosamente cuando no se prevé el futuro.

La verdadera amenaza no es solamente incremento del petróleo, sino la posibilidad de una escalada militar prolongada. Las crisis económicas rara vez son simples fenómenos financieros, son pruebas de fuego para las instituciones, gobiernos y para la cohesión social. Casi un siglo después, el mundo vuelve a enfrentar una encrucijada, donde la economía depende tanto de los números como de decisiones políticas, pues los líderes mundiales no aprendieron que cuando tensiones geopolíticas, incertidumbre económica y miedo colectivo coinciden, la realidad no será igual, pero muy parecida.

Aquella provocó una caída de la producción mundial, el colapso de miles de bancos, desempleo masivo, que en algunos países superó el 20% y contracción económica prolongada. Ejemplo, en USA, este rondó el 25% de la fuerza laboral. La pobreza se extendió a millones de familias y el comercio internacional se desplomó, lo que todavía no ha ocurrido actualmente, pero existen factores como presión sobre los precios del petróleo y la energía, aumento de la inflación mundial, caída de la confianza de inversionistas y consumidores, posibles interrupciones en las cadenas de suministros, incremento del gasto militar en detrimento de áreas económicas y ahí la preocupación.

Aunque los sistemas son más sólidos hoy, la preocupación de economistas es que el mundo llega a esta crisis con problemas acumulados, como elevadas deudas públicas y privadas, desigualdad creciente, desaceleración económica en varias regiones, tensiones comerciales y conflictos geopolíticos simultáneos. Si esto provocara una guerra regional prolongada o una recesión global profunda, entonces la situación podría traer episodios históricos impredecibles. La IA compara esto con las crisis energéticas de los 70, cuando conflictos en Oriente Medio dispararon el petróleo, trajo inflación, menor crecimiento económico y pérdida de poder adquisitivo, una crisis que ya había estallado y estaba devastando economías. No estamos abocados a la nueva Gran Depresión, pero si evolucionara el conflicto y fracasara la mediación, pudiéramos aproximarnos.

Por Alejandro Almánzar

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