Opinion

Mi ventana óptica – De Ceuta a República Dominicana

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Cuando la migración destruye soberanías, se convierte en drama humano y millones de personas abandonan sus países, huyendo a la pobreza, la violencia, las guerras, dictaduras o la desesperanza que se esconde detrás de cada frontera, pero de ningún modo, el Estado puede renunciar a proteger y defender a los suyos para auxiliar al extranjero. Días atrás dije que lo sucedido en Ceuta y Melilla, España, ciudades ubicadas al norte de África, es la alerta, como cuando vemos la casa del lado ardiendo y debemos resguardar la nuestra, pues ¿Qué ocurre cuando un país pierde el control de sus fronteras? ¿De quién entra y en qué condición?

España, Estados Unidos y República Dominicana son países completamente diferentes. Sus geografías, economías e historias son desiguales, pero enfrentan el mismo dilema entre lo humanitario y el principio irrenunciable de su soberanía. Ceuta representa una de las fronteras más singulares del mundo, un territorio español en África y, por tanto, la puerta hacia Europa. Un punto sensible para movimientos migratorios desde el continente africano, como la reciente crisis, demostrando hasta qué punto una frontera puede convertirse en escenario de caos humano, político y diplomático, teniendo la ciudadanía que enfrentar esa migración descontrolada.

Es un fenómeno estimulado, aprovechado por intereses criminales, económicos y políticos que desestabiliza y destruye las naciones invadidas. Las redes de tráfico de personas, grupos delincuenciales y determinados actores políticos aprovechan los flujos migratorios para acumular riquezas, explotando manos de obras baratas, la nueva modalidad de esclavizar a personas vulnerables, mientras llevan al colapso instituciones de servicios públicos, porque esa presión no la resiste ninguna economía, por robusta que sea y, ni hablar de un país pobre como el nuestro.

La frontera sur de Los Estados Unidos vivió una presión migratoria durante la administración Biden, que la sigue padeciendo. Registros oficiales dicen que millones de indocumentados cruzaron la frontera. El Departamento de Seguridad Nacional reconoció que factores como la pobreza, la violencia, la corrupción, los desastres naturales, la pandemia y las expectativas sobre políticas migratorias más favorables influyeron en esos movimientos migratorios.

Para millones de estadounidenses, el Estado había perdido el control de su frontera e igualmente ocurre en la patria de Duarte y esto exige leyes estrictas, pues una cosa es inmigración legal organizada y regulada; y otra diferente es permitir que el caos migratorio imponga las reglas. Se trata de una situación muy delicada para una nación compartiendo un territorio insular, con un Haití sumido en crisis políticas, económicas y de seguridad más graves del hemisferio. ¿Puede un país resolver los problemas de otro absorbiendo su población? Ninguna nación, por grande y poderosa que sea, posee capacidad de resistir eso. Mucho menos, sin haber creado la crisis haitiana, como las bandas armadas, la destrucción de las instituciones del vecino Haití.

Por lo tanto, no puede convertirse en el depósito humano, donde se descarguen las consecuencias de sus fracasos. La comunidad internacional tiene una responsabilidad que durante décadas ha intentado trasladar silenciosamente hacia nuestro territorio, pero eso nunca lo lograrán, por más que lo intenten. Aquí hay reglas y las haremos cumplir, sin importar sus epítetos de xenófobos y racistas para chantajearnos, porque defender la soberanía no es ser antiinmigrantes, es el derecho de un país a decidir su futuro. Y es el mismo reto para USA, Ceuta y República Dominicana para preservar sus soberanías.

Por Alejandro Almánzar

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