Opinion
¡De líderes y de imprescindibles!
Hace días contemplé, por segunda ocasión, cómo un empresario de verdad entregaba la antorcha de la sabiduría a otro de sus hijos, a quienes ha preparado para seguir pisando firme, dejando huellas positivas. Momentos así refrescan el alma, nos hacen aplaudir la condición humana y nos inspiran a tener más fe en el porvenir.
Estos ejemplos deben ser imitados en una sociedad donde algunos entienden y defienden que ser líder es ser imprescindible, como si no les importara que con su muerte también entierren su obra. El auténtico guía nunca se considera indispensable, y si es insustituible no pasa de ser un caudillito de cartulina.
El líder no se aferra al poder, aunque goce de salud y conserve buena voluntad. Sabe que todo en la vida es temporal. Se aparta cuando comprende, aconsejado por la prudencia, que ya cumplió su misión y que el caballo necesita un jinete con nuevos bríos. El líder prepara las condiciones para que su ausencia no sea traumática, pudiendo ser reemplazado con relativa facilidad.
El líder no es egoísta. A quienes podrían sucederlo les abre puertas y los anima a superarse. Al comportarse así se engrandece; su liderazgo trasciende el presente y se transforma en eterno símbolo de admiración. ¿El líder nace o se hace? No lo sé. El líder, sin importar su origen, es aquel que se convierte en digna referencia a seguir.
El líder no busca ser la única estrella del firmamento, pues su labor la realiza de la mano de los demás. Decía Lao Tzu que “un líder es mejor cuando la gente apenas sabe que existe, cuando su trabajo está hecho y su meta cumplida, ellos dirán: lo hicimos nosotros".
Es cierto: no hay entidad sin líder o líderes, pero eso solo es aplaudible si existe capacidad de relevo, donde todos tengan la oportunidad de crecer, de caminar con sus propios pies y de poder cumplir sus sueños.
¿Y qué de los imprescindibles? Esa gente no me agrada, no tiene conciencia de su deber. Es desastrosa su presencia en las instituciones, especialmente cuando en ellas lo juzgan como tales, como si sintieran que sin esos superdotados nada funcionaría, la máquina se quedaría sin motor, estarían desprotegidos, no se podría ni respirar…
Cuando la vida de un conglomerado depende de una persona, sus integrantes deben revisarse, pues no se valoran como hijos de Dios capaces de destacarse y ocupar relevantes espacios para hacer el bien. Por ello, muchas empresas, partidos políticos, sindicatos, clubes, etcétera, se desintegran cuando desaparece su cabeza visible.
Mientras tanto: ¡mis respetos y admiración por aquellos líderes que forman y promueven liderazgos! ¡Gracias a ellos, se avanza como nación!