Tomás Hernández Franco : Poeta y deportista (Al arquitecto Rafael Tomás Hernández Ramos) 1 de 3

En un artículo que publicáramos en el Suplemento «Isla Abierta», del periódico Hoy ( 24/4/89), decíamos que «Además de artista literario, Hernández Franco sentía una extraordinaria afición por los deportes. Su pensamiento deportivo -argumentábamos- aparece magistralmente expresado en “El Sport, su historia, su simbolismo, su filosofía y su influencia moral y material en la civilización”, título de la conferencia leída por el propio autor en el Teatro “Apolo” de Tamboril la noche del 27 de octubre de 1931 en provecho del Team de beisbol “Senadores” de este municipio»

Pero además de teórico del deporte, Hernández Franco fue un fiel cultivador de las prácticas deportivas. En Santiago, por ejemplo, se desempeñó como promotor de boxeo, y cuando cursaba estudios en Francia alcanzó el título de campeón amateur de boxeo universitario (1924) de París, peso medio mediano, al derrotar a un suizo – alemán, de nombre Haah, que ostentaba tan preciado galardón.

Por considerarlo de interés, publicamos a continuación el texto completo, inédito hasta el 27 de mayo de 1989, fecha en  que vio la luz en mi desaprecida columna del diario La Información. De nuevo  publico la precitada disertación, por entender que ella  encierra importantes juicios que necesariamente tendrán que ser tomados en cuenta por poetas, artistas, atletas e intelectuales, en una sociedad en la que prima la falsa creencia que el ejercicio muscular no es compatible con el desarrollo artístico e intelectual.

El sport, su historia, su simbolismo, su filosofía y su influencia moral y material en la civilización.

«Señoras y Señores:

Pláceme sobremanera ocupar esta tribuna y frente a este público, porque en cierta forma es como una oportunidad de pagar una deuda de cariño, contraída desde mi infancia, porque aquí en Tamboril mismo, y mucho antes de poder lanzarme por mis propias fuerzas en las sendas de la curiosidad literaria, mi imaginación se nutrió de una tradición de cultura y de amabilidad que parece haber sido de todo tiempo patrimonio o herencia, timbre o blasón de esta comunidad.

Tamboril fue el trampolín desde el cual lancéme hacia la vida, por las rutas sin huellas del mar y por los vírgenes camino de la fantasía y del ensueño y siempre, en las horas del recuerdo, en la nostálgica evocación del viajero, la patria lejana me cabía en el corazón.

Por imperiosas urgencias de la vida, frente a otros públicos he escrito y frente a otros públicos he hablado y aquí he vuelto siempre, porque naturalmente aquí se polariza mi existencia; pero nunca me he sentido un Simbad de leyenda, siempre llegué sin la jactanciosa actitud de quien pretende contar maravillas y a la vida aldeana me reintegré sin esfuerzo porque aldeano he sido siempre en mi orgullo y en mi sinceridad.

Pero si por ahí, por los caminos de la vida, he podido hacerme un lugar, si acaso mi nombre no es de los que ruedan en el anonimato, si en alguna parte algunos me toman en cuenta, porque desde el principio he luchado de buena lid sin dar las espaldas nunca, siempre en la brecha, con la alegría que le parece el afán, es porque en ningún momento me faltó la esperanza de ser digno hijo de esa tradición de cultura y de amabilidad que ustedes poseen por legítima herencia y por bella tradición.

No pretendo pagar deuda por completo. Las deudas de cariño no se cancelan nunca y siento que ahora mismo la mía aumenta con la satisfacción que me procura el hablaros.

Señoras y Señores:

Una de mis más reales satisfacciones al llegar de nuevo a Tamboril, fue la que me procuró comprobar cómo entre ustedes el beisbol había ocupado una parte preponderante en vuestro entusiasmo y en vuestras diversiones. Tamboril, el que siempre amó la poesía y la belleza, el que se conquistó una reputación llena de amables ironías por su predisposición a los juegos del espíritu, era lógico que rindiera tributo también a las fiestas del músculo; porque en ellas hay tanto o más lirismo que en cien mil madrigales, y porque en el gesto vivo y recio del atleta hay tanta emoción como la que procura el mejor soneto.

Por eso he escogido el presente tema, cosa que no podía ser de otro modo tampoco, ya que esta disertación me fue pedida por los entusiastas del mismo “deportes rey” y que se hace a beneficio de nuestros “Senadores”.

La práctica y el culto a los deportes remontan a la más remota antigüedad. Ha sido tanta su importancia en la historia del mundo que fijaos bien la fecha más antigua que se conoce con certeza en la historia de la humanidad: es la fecha que marca un evento deportivo. En efecto, en el año 776 antes de Cristo, el corredor griego Korcibos ganó en el estadio de Olimpia la carrera de los 185 metros. Año más que memorable; pues no solamente marca el origen del deporte, sino también la historia de toda Europa. Ninguna fecha exacta anterior a la victoria de Korcibos es conocida.

Más allá es la leyenda, es la noche de los tiempos, es una mezcla de tradiciones fabulosas con documentos prehistóricos por entre los cuales los sabios no se atreven a penetrar más que con hipótesis, en ausencia de toda cronología.

En la primera línea de la historia occidental, se inscribe el nombre oscuro de un atleta ganador de una simple carrera de 185 metros. ¿Por qué los griegos comienzan con ese hecho su era nacional? Cuando los romanos sitúan su primer año en la fundación de Roma, los cristianos en el nacimiento de Cristo, los musulmanes en el origen del Islán, los revolucionarios franceses en la proclamación de la República, los griegos comienzan a contar sus años desde el día en el cual los sacerdotes de Olimpia hacen grabar el nombre de Korcibos en sus tablas de gloria. Ellos olvidaron en qué año fue el sitio de Troya, ni cuándo vencieron a los Atridas, ni en qué siglo murió Homero; pero de la victoria de Korcibos no se olvidaron nunca y la transmitieron a la posteridad cantada en mármoles imperecederos, y es porque para los griegos, los juegos olímpicos revestían una solemnidad de la cual ahora nada pueda darnos la más remota idea.

Lourdes o La Meca son ahora simples lugares de peregrinaciones religiosas, Bayreuth lo es musical, Deauville, sportivo. Olimpia era todo eso a un tiempo mismo y mucho más ilustre. Cada cuatro años allí se reunían los filósofos más famosos, los más grandes poetas, las mujeres más bellas, los mejores músicos, los sacerdotes más ilustres, los más conocidos guerreros y todo aquel espectáculo grandioso giraba en torno de las competiciones de los atletas venidos de todos los países vecinos para medir sus fuerzas contra los mejores del mundo conocido hasta entonces.

La grandiosidad de aquellas fiestas de la inteligencia y del músculo nos viene rodando al través de los siglos en las odas de Píndaro, el maravilloso poeta que inmortalizó el nombre de los atletas vencedores y cuyos versos han quedado hasta ahora, y quedarán mientras haya poetas en el mundo, como ejemplos insuperables en el género. Y quiero hacer notar algo que todos ustedes saben. Ese amor de los griegos por los juegos de la fuerza, no fue una manifestación de frivolidad o de carencia de inteligencia. Ningún pueblo se preocupó jamás, tanto como los griegos de cultivar su espíritu y de aumentar su inteligencia, pero, al mismo tiempo, ningún pueblo llevó a más alto grado el respeto casi religioso del cuerpo humano, de su belleza, como los griegos mismos.

Más aún, Platón mismo, el filósofo griego, padre de toda la filosofía, sacó de los juegos atléticos los más imperecederos principios de sus doctrinas. Y Paul Adam, el estupendo escritor y filósofo francés, en su libro Moral del Sport, funda toda la filosofía del deporte en la filosofía platónica. Oíd estos párrafos:

“La admirable filosofía de Platón se desprende del acto completamente material que efectúa un corredor tratando de llegar a la meta, un luchador estrechando a su adversario. La admiración hacia la musculatura del atleta, su sitio, el concepto de lo bello en sí mismo, de la armonía de la justicia y de la verdad, tal fue, sobre la arena de Academos, el origen de las filosofías que Spinosa, Kant y los pensadores no cesan de confirmar”.

No hay más que comprobar, pues, ese otro aspecto formidable de la influencia de los deportes sobre la vida espiritual de la humanidad. Muchas gentes que nunca han practicado un deporte, que no saben la fuente de bienestar, de reposo de verdad, de belleza y de justicia que es la práctica de un Sport cualquiera, se refugian en el prejuicio inmotivado de que el exceso de fuerza física mata la fuerza espiritual, que las dos actividades son incompatibles y que un atleta, para serlo verdalmente, tiene que ser una persona sin cultura.

Domingo Caba Ramos