Padre de Mayobanex Vargas pagó 200 pesos a hermana de Trujillo para conseguir pasaporte

El padre de Mayobanex Vargas, el último sobreviviente de la expedición de Constanza Maimón y Estero Hondo del 14 de junio de 1959, pagó una coima  de 200 pesos a una hermana de Trujillo para conseguir el pasaporte de su hijo que necesitaba salir de l pais.

Según reveló Mayobanex, antes de morir,  su padre Juan de Jesús Vargas, le pagó el dinero a Nieve Luisa  Trujillo,  quien trabajaba en la oficina de pasaporte del redimen y le gustaba el dinero,  porque solo con ella se podría lograr el documento.

Explicó que lograron el pasaporte y  salió del país rumbo a Estados Unidos para luego enrolarse en los movimientos de lucha anti trujillistas en el extranjero para participar en la expedición de Constanza, Maimón y Hestero Hondo.

Varga dijo que  hubo un lado humano de la lucha contra la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo contó sus vivencias y las constantes burlas de las que fue objeto durante la ¨Era de Trujillo¨.

El excombatiente, ya fallecido a los 80 años de edad a causa de un cáncer de estómago, relató cómo estuvo a punto de ser fusilado por conspirar contra el régimen.

Mientras era perseguido por el Servicio de Inteligencia Militar (SIM), su padre, Juan de Jesús Vargas, mejor conocido como Negrito, le dijo que había hablado con su amigo, el general Juan Tomás Díaz quien le habría prometido hacer todo lo que estuviera a su alcance para salvarle la vida.

Incrédulo, Mayobanex Vargas y Vargas es llevado a caballo hacia una finca que se encontraba en un llano, donde el general ya le estaba esperando junto a un grupo de militares.

Díaz pidió a la guardia que se retirara del lugar y, según narró Vargas, en aquel momento pensó que iba a ser asesinado, sin embargo, aseguró que no tenía miedo de morir, sino que le atemorizaba lo que podrían hacerle a su padre.

Contrario a lo que pudiera pensarse, el general le dijo cariñosamente que se sentara junto a él debajo de un árbol cercano donde le explicó que se había dado la orden de encarcelarlo y, acto seguido, pide que se les envíen a los mejores guardias para encarcelarlo.

El general Luis Pérez Bello, quien lo había encarcelado en otras dos ocasiones mientras hacía el servicio militar obligatorio, se ofreció de inmediato, obteniendo por respuesta un reproche por parte de Tomás Díaz.

Pero los acontecimientos que siguieron a este hecho marcaron momentos de incertidumbre para el expedicionario. Mientras era transportado, buscaron a su madre para que pudiera verlo por última vez, ambos se abrazaron entre llanto mientras los militares le decían que por ser un hombre no debía llorar.

José Arismendi Trujillo Molina, mejor conocido como Petán, el quinto hijo de la familia Trujillo Molina, lo recibió en una casa que poseía en el campo en lugar de esperarlo en la fortaleza como era costumbre.

Mientras Petán analizaba su fusil, su primo Jacobo, militar de la dictadura mintió diciendo que el arma no había sido disparada, pero, al descubrir el engaño, se molestó y le reprochó.

Fue interrogado por su asistente en conjunto con José Eleuterio Pedraza quienes determinan que debía ser llevado a la fortaleza. Vargas y su padre se abrazan y con lágrimas en sus ojos, lo encomienda a Dios. “Mi padre no lloraba por nada, pero ese día lloró”, señaló.

A las dos de madrugada fue llevado hasta Constanza, donde nuevamente pensó que sería asesinado. “A usted lo estaban cuidando y no se daba cuenta”, fueron las palabras que recibió.

En Constanza lo encerraron en una solitaria que se encontraba en el patio, donde numerosas personas fueron a burlarse de su situación.

Fue llevado a una pequeña casa ubicada al lado de la fortaleza para ser interrogado por el mayor general Mélido Marte, un asesino nato. “Cuando me sacan de ahí y voy cruzando la puerta vi a dos americanos altos y fornidos. Pasé por el medio de ellos y les pedí tantas cosas con la mirada”, señaló.

Recordó con amargura como en el interrogatorio Marte le hacía preguntas que él mismo se contestaba por ejemplo, ¿Qué harían con el generalísimo?, y se respondía, oh asesinarlo…. En eso, un teniente les interrumpió diciendo que fuera había dos periodistas interesados en hablar con el prisionero.

“Dígales a esos gringos que aquí no hay prisionero”, respondió Marte.

Inmediatamente después es llevado a Santo Domingo, el lugar donde Vargas tuvo sus peores vivencias. “Yo no sabía que existía el infierno de esa manera”, declaró.

Entre torturas e interrogatorios mantuvo una conversación con Tito Sánchez en la que le preguntó si quería confesarse.

Vargas fue llevado a una pequeña llena de sangre donde el Padre Rodríguez confesaba a los presos. Allí, le pidió que le dijera a Ramfis Trujillo que entregara su cadáver a su familia.

“Lo menos que me dijo fue que yo no merecía nada de Trujillo porque yo era un perturbador de la paz del gobierno dominicano. También me dijo que era un malagradecido porque Trujillo me mandó con una beca a estudié a Estados Unidos y mira cómo le pagué”, explicó.

Añadió que se negó a recibir la confesión y se encerró en el baño dispuesto a suicidarse, sin embargo, luego de una breve reflexión pidió a Dios que le dejara morir con dignidad.