Opinion
Mi ventana óptica – Las despoblaciones inducidas
Entre 1605 y 1606, el gobernador Antonio de Osorio despobló, siguiendo órdenes de la Corona española, trasladó poblaciones enteras de la zona norte y occidental de la Isla. El pretexto fue combatir el contrabando, porque aquellos habitantes comercializaban con franceses, ingleses y holandeses, perjudicando el monopolio español.
Y en pleno siglo XXI, la historia parece repetirse, pero a lo inverso, grupos de República Dominicana y Haití están trasladando la población haitiana hacia el lado dominicano para monopolizar el comercio de la Isla, y mientras zonas dominicanas son haitianizadas, cientos de miles de dominicanos abandonan el país en busca de estabilidad económica y mejor futuro.
Provocando profundas transformaciones demográficas mediante la inmigración ilegal. No estamos en contra del extranjero, pues la inmigración es un fenómeno universal, pero se trata de un plan conspirativo, orquestado por organismos internacionales y grupos locales, que ponen en juego la existencia de la nación, su soberanía y altera la planificación demográfica.
El Instituto de Dominicanos en el Exterior (INDEX) informó en 2026, que más de tres millones de dominicanos residen fuera del territorio nacional, distribuidos en 129 países, teniendo a USA como principal destino. Están quienes estudiaron carreras universitarias, sin encontrar emplearse dignamente allí.
La madre que deja a sus hijos, para trabajar cuidando familias en el extranjero. El profesional que descubre que su preparación vale más en una nación extranjera que allá. Quienes venden lo poco que poseen para pagar un pasaje, comprar una visa o el peligroso camino hacia la frontera incierta.
La inmigración forma parte de nuestra historia moderna; pero cuando millones de nacionales viven permanentemente fuera del país, la interrogante ya no es simplemente de cuántos hay en Nueva York, Madrid o Puerto Rico; debía ser ¿Por qué no podemos encontrar el “sueño americano” donde precisamente comienza América?
Una nación no pierde población solamente cuando sus ciudadanos mueren, también la pierde cuando nos obligan a marcharnos, porque intereses oscuros prefieran suplantarnos con la inmigración ilegal, buscando manos de obras baratas. El país exhibe hoteles llenos, grandes torres, carreteras, inversiones y cifras de crecimiento, mientras tanto, miles de familias continúan enfrentando salarios de miseria, alto costo de vivienda, servicios públicos deficientes y una creciente sensación de incertidumbre.
O sea, mientras el país crece económicamente, al mismo tiempo pierde a sus mejores recursos humanos, incluyendo médicos, educadores y diariamente vemos a sus jóvenes hacer filas frente a consulados extranjeros para marcharse. Hablan de desarrollo, mientras profesionales preparan maletas y las autoridades parecen conformarse con sustituir al que se va con el extranjero que llega y en esa situación nuestro destino está amenazado con la pérdida de la cultura y valores intrínsecos que caracterizan la dominicanidad.
La Oficina Nacional de Estadística advierte que el país ha entrado en una nueva etapa de transición demográfica, donde disminuye la fecundidad y la población avanza progresivamente hacia el envejecimiento y el peso relativo de adultos mayores será cada vez mayor. Esto significa que el debate sobre población no puede reducirse a consignas políticas partidarias.
Los espacios económicos y sociales que una población abandona terminan ocupados por otra. Cuando los dominicanos dejan determinados trabajos, porque emigran, alguien termina realizando esas labores, pero que sectores completos de la economía dependan cada vez más de extranjeros, se produce una transformación que debe ser observada y planificada por el Estado, cuando este no sea cómplice respondiendo a órdenes coloniales.
Por Alejandro Almánzar
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