Opinion
Mi ventana óptica – Cuando la justicia falla
El orden, la ley, la justicia y el civismo son imprescindibles para la convivencia pacífica y la República Dominicana carece de esto, un fenómeno peligroso, silencioso en sus inicios, pero cada vez más palpable y no es percepción, tampoco rumor, menos exageración, es una realidad de cada día. La autoridad que abusa del poder, consciente de la debilidad de los mecanismos establecidos para castigar malas acciones, donde la influencia sirve para que sus acciones terminen en un escándalo, que al poco tiempo es sustituido por otro más estridente y vergonzoso, pero que rápidamente sale de circulación.
Por eso, el accidente con un motoconchista en Santiago terminó en el asesinato brutal y cruel de David Carlos Abreu Quezada por parte de una manada de forajidos que lo persiguieron y mataron, sin escuchar que suplicaba por su vida, un padre que deja una esposa, hijos y familiares preguntándose para qué sirve un sistema que hoy los deja sumidos en el dolor y la desesperanza. Pero también una población que ve cómo andar en las calles de esto llamado país trabajando se convierte de repente en desgracia familiar. Basta con ver la reacción de la gente cuando la policía sale con carta blanca a buscar al delincuente y lo “pone en 29”, multitudes linchándolos, amarrados a postes de luz en plenas vías públicas y exhibidos como un trofeo medieval en pleno siglo XXI.
Escenas que antes escandalizaban, hoy encuentran justificaciones como “eso le pasa por ladrón”, “la policía lo iba a soltar” o peor, el juez lo manda para su casa”, ante un panorama así, ya ni sabremos quién tiene la razón. Cuando la gente asume que las autoridades no hacen su trabajo, el miedo genera impotencia o rabia descontrolada. El ciudadano deja de denunciar y comienza a castigar, rompiendo, sin declararlo, el contrato social que sostiene a toda nación civilizada para dejarnos a merced de la irracionalidad, esto lo agrava el consumo de drogas, enfermedades mentales descuidadas y la nueva adicción de jóvenes y adultos con el sobre uso de redes sociales, que dicen especialistas, están creando desequilibrio mental, emocional y ansiedad.
La reincidencia delictiva, expedientes durmiendo en los tribunales, las decisiones cuestionables y la sensación de que algunos tienen privilegios ante la ley erosionan la credibilidad del sistema; enviando un mensaje devastador, “delinquir no tiene consecuencias reales y defenderse al margen de la ley parece tener más respaldo social, que confiar en la autoridad. El país marcha hacia la disolución, lo ocurrido con Abreu Quezada no es casual, son hechos violentos reiterativos, que cuestionan cualquier estado de derechos. Porque la turba no investiga, no verifica, ni garantiza debidos procesos, ejecuta y luego justifica, pues con la justicia institucional colapsada, lo que sigue no es orden, es anarquía, inseguridad y miedo.
Aquí, se fortalece el sistema judicial con consecuencias reales, procesos ágiles y cero tolerancias a la impunidad o seguiremos empujados hacia un terreno donde la fuerza sustituye la ley, y cuando esto ocurre, nadie está a salvo; porque en toda sociedad organizada existe un pacto tácito; el ciudadano renuncia al ejercicio de la fuerza individual a cambio de que el Estado garantice justicia. Y cuando ese pacto se rompe, prevalece el caos como el que presenciamos hoy, estallidos de ira colectiva por la pérdida de confianza en la justicia. El delincuente es detenido y liberado al poco tiempo, los procesos se dilatan indefinidamente y las víctimas sienten que sus denuncias no encuentran respuesta, el mensaje es claro, “no hay consecuencias”, aquí impera la ley del más fuerte. Porque cuando la justicia falla, el ciudadano siente que está solo, desprotegido por el Estado y entonces se activa el instinto primario de defensa, hacer justicia por cuenta propia.
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