Leer es para idiotas

El 7 de octubre pasado envié a varios amigos una invitación para compartir en mi hogar el sábado 29 de dicho mes. Estaba muy claro. Creo que todos se habían graduado en la universidad. Extrañamente, muchos me pidieron excusas, alegando que no podían asistir, pues juraban que yo me refería al siguiente sábado y no al establecido.

“¡Caramba, ustedes no leen y eso ‘dique’ son estudiados!”, les escribí con aire de maestro de escuela. Y mientras lo hacía le daba otra interpretación al hecho: no estamos acostumbrados a que nos inviten con tanto tiempo de anticipación, se nos olvida; “para eso falta mucho”, pensamos; nos sentimos cómodos cuando se nos informa un día antes, o el mismo día, o una hora previa a la actividad.

Continuemos con la lectura. Recordemos que en los exámenes Pisa quedamos en los últimos lugares del mundo en comprensión general de lectura; en otras palabras, los que saben o creen saber leer, no entienden lo que leen. ¡Ay, se nos dificulta descodificar un texto  y dis­cernir sobre su significado! Los convido a ver las pruebas. A esto, para rematar, se le suma que estamos igual de mal en ciencias y matemáticas.

Otra breve historia que reafirma lo narrado. Hace poco preguntaba a algunos jóvenes cuáles libros estaban leyendo. Me quedé pasmado con las respuestas. Cada cual se ufanaba de leer menos que el otro, como si hacerlo fuera ofensivo. “Solo leemos cuando en el colegio nos obligan”, me decían sonriendo. “Leer es para idiotas”, escuché por ahí.

Y ahí inicié mi tanda de “consejos”. Les afirmé que la lectura nos libera y nos capacita para tomar decisiones conscientes, sin las cadenas que nos impone la ignorancia; que es una fuente enriquecedora de nuestra condición humana y que aunque nos llegara alguna obra cuyo contenido se apartara de nuestros principios, debíamos leerla si tenía calidad.

La lectura –les expresé- es un excelente medio para evitar las manipulaciones y la falsedad, porque el conocimiento nos hace reflexionar, vestirnos con luz propia, ver más allá de las apariencias y forjar un camino que resalte nuestra autenticidad.

Finalicé resaltando que lo que leemos asidua o esporádicamente influye sobremanera en nuestra forma de ser, que hay casos donde un libro olvidado, una pequeña historia, un artículo escondido, una frase o un refrán rescatado por la memoria, marcan para siempre nuestras vidas.

Espero que los mozalbetes me hayan puesto atención, sin negar mi sospecha de que me observaban como a un bicho raro. Mi esperanza es que al menos los amigos adultos y cultos de la invitación aquella hayan asimilado la siguiente lección: ¡por Dios, lean bien y aprendan a planificar!