Opinion
Cultura viva – Siento una nostalgia… sin nombre
- Tan humilde. Tan frágil. Tan enjuto. Tan estoico. Tan distante. Tan sumiso. Tan indiferente a todo. Al mismo tiempo, tan respetado por sus compañeros, aún más, tan popular por la numerosa clientela que desfilaba por allí, particularmente los sábados, cuando los santiagueros le llevaban ¨su sapato pa´limpiai¨.
No recuerdo ni el día ni el mes de nuestro primer encuentro pero su rutina de trabajo era siempre la misma: primero, encendía un cigarrillo sin filtro, luego, sacaba sus utensilios…el líquido… los paños…y, los infaltables toques con el cepillo para el cambio de pierna y cuando finalizaba. Al terminar le preguntaba: – ¿Cuánto le debo? Y él decía lo mismo: Lo que tú quieras, mi hijo. Y cuando le pagaba con el dinero se persignaba y a seguidas daba las gracias, y un que Dios se lo multiplique.
Con el tiempo, esos encuentros generaron más diálogos sobre política, deportes, personales… Una vez le pregunté por su esposa, y dijo: No tengo. Ella murió…Estoy solo con mi hijo y su esposa que me quiere muchísimo. -¿su único hijo?, expresando: No, ombe que va, tuve como 20 pero con distintas mujeres. Vivos me quedan 16. Dije: Ah, pero usted no es fácil, y mire, usted no lo aparenta. -yo no sé lo que me pasa con las mujeres, como que se me pegan sin yo buscarlas.
Otro día ocurrió algo curioso. Una “yipeta” se detuvo y el joven conductor sin desmontarse, le voceó al viejo varios improperios, y rápidamente se marchó. El limpiabotas no se inmutó, ni esperó mi reacción y dijo: -ese es uno de mis hijos… comerciante, viene y me insulta para que deje de trabajar…Siguió monologando: -¿Y yo qué hago en mi casa sin hacer nada? Me muero. Yo siempre asumí como verdaderos aquellos relatos.
Semanas van y semanas vienen. Un día cuando llegué hasta su lugar de trabajo, en el parque Los Chachases,… no estaba. Qué raro, pensé. Más extraño aun, había otro limpiabotas en su puesto. Así que le pregunté al joven por papá. Solamente detuvo su labor para decirme sin mirarme: -Papá se fue el día 2. La expresión de su rostro fue suficiente para describir el trasfondo trágico de sus palabras.
Cada cierto tiempo, pienso en “papá”. Aquel pequeño y anónimo amigo, de 77 años, según contó. Recuerdo su descuidada barba, su inseparable cigarrillo. Su voz ronca y cansada. Su ropa vieja y manchada. Sus zapatos negros y viejos bien lustrados y brillantes. Su desteñida gorra ¨aguilucha¨…su caja de madera… Cuando lo recuerdo, me entristezco.
Escribiendo esta historia busco su nombre y no lo encuentro, porque nunca se lo pregunté.
¡Oh, Dios!…Siento una nostalgia sin nombre…
(Repetido in memoriam)