Cultura viva – Rafael Leónidas (Relato)

Tronara, lloviera o venteara, todas las mañanas de lunes a viernes, invariablemente, Rafael Leónidas traspasaba el umbral del viejo edificio público para iniciar su rutina laboral en una oficina del gobierno.

En tiempos del  “Jefe” todo el mundo debía ser puntual. Dictatorialmente puntual;  y,  por ende, Rafael Leónidas, el humilde  empleado público no era la excepción. Se  podía apostar a cualquier cosa, que cuando la sirena de la ciudad ululaba a las 7:30 de la mañana, toda la empleomanía pública estaba en su puesto de trabajo.

Ese viernes era día 25 del mes. Día de pago del gobierno, el ritual era el mismo: Llegaban los cheques vía correo oficial. Endoso y cambio. Repetir su lista de compromisos. Colocar todo el efectivo encima del escritorio, y, finalmente separarlo en varias partidas, claro está, inalcanzable para su rosario de deudas.

Por alguna razón esa mañana para Rafael Leónidas iba a ser distinta. Algo difícil de explicar. Quizás el cúmulo de frustraciones personales, sociales, políticas… Más los años en el mismo cargo, sin un ¨merecido ascenso¨, con pírricos y aislados aumentos salariales. Tampoco le trajo suerte llevar los mismos nombres del ¨Jefe¨. Mucho menos le favoreció tener su carné del ¨partido¨ o la palmita, como le llamaban entonces.

Aparentaba más edad nuestro hombre. Espigado de estatura. Color ¨indio claro¨ y bien parecido. De temperamento manso. Estado civil: Casado. Dicen sus amigos que soñaba ser pelotero, hoy no queda nada de aquella ilusión convertida en pesadilla por su padre, después de la tragedia de Río Verde de 1948.

Rafael Leónidas como siempre leyó en la prensa diaria su sección favorita: el horóscopo, buscando inútilmente una respuesta astrológica a sus problemas. ¨ESCORPION. Del 22 de octubre  al 22 de noviembre. Su signo decía: “Alguien pudiera encontrar sus ideas demasiado fantásticas, ya que el romanticismo y su inspiración serán hoy las mejores compañías. Evite a los que puedan bloquearle”.

De repente sus ojos color  azabache brillaron, y murmuró: “Ya sé lo que voy a hacer”, mientras el teclear de las máquinas de escribir ahogaba el ambiente. Toma el dinero, lo guarda en el bolsillo, se despide con un ademán del encargado de la oficina  y abandona rápidamente el edificio. Mientras se alejaba de su área de trabajo iba masticando este soliloquio:

“Me voy a pegar unos cuantos tragos para  despejar la mente. El mejor sitio para beber es en el balneario La China,  allá mirando de reojo el Yaque… ¡Total, los cuartos ya están hechos!….Y esto no pasa todos los días…

La sirena de La Tabacalera anunciaba las dos de la tarde,  mientras un hombre desesperado desaparecía y se fundía entre el hormiguero diario de la calle Del Sol yendo a quemar su presente y el de los suyos.

Lincoln López