Carta del hijo al padre que no conoció.

(A mi padre Domingo Caba Quezaba : In memoriam)

Apreciado padre:

Tu alma despegó hacia el más allá cuando la mía casi aterrizaba en el más acá. Los latidos de tu noble corazón se paralizaron casi en el mismo instante en que el mío comenzaba a emitir sus primeras pulsaciones. Falleciste un seis (6) de agosto, y casi dos meses y medio después (31 de octubre) nací yo.

Por esa razón, no me concediste la tierna oportunidad de «besarte la mano» o decirte, aunque fuera una vez: ¡Papá!

Por esa razón, esa palabra, papá, utilizada para llamar al ser que nos engendró, nunca tuve el privilegio de pronunciarla, y, posiblemente, sea la voz que menos han articulado mis labios en toda mi existencia.

Por esa razón, nunca pude decirte un día como el próximo domingo, Día de los padres: ¡Te felicito papá!

Acerca de ti, son tantas las preguntas que me he formulado y que aún yacen archivadas sin respuestas en el cofre filial de mi conciencia. Son muchas las veces que me he preguntado, refiriéndome a ti:

 ¿Cómo hablaba?

 ¿Cómo caminaba?

 ¿Cómo reía y sonreía?

¿Cuál era su tono de voz?

¿Cómo era la forma o figura de su cuerpo?

¿Cómo eran sus movimientos corporales?

¿Cuáles eran sus emociones?

¿Cómo expresaba sus sentimientos?

¿Cómo reaccionaba ante circunstancias diversas?

¿Qué le gustaba y qué no?

La muerte, siempre inoportuna, impidió además que, en la infantil edad de los porqués, te preguntara con los muy significativos y paternales versos de la canción:

«Dime papá:

 ¿Por qué se secan las flores?
¿De dónde vienen las lluvias?
¿Y por qué sale la luna,
cuando me voy a acostar?

Dime papá:

¿Dónde va el sol por la noche?
y esas estrellas que brillan,
¿Dónde se esconden de día?,
que no las veo jamás…»

La muerte, imprudente como siempre, impidió que «así, pregunta a pregunta…», yo, con las mismas palabras del poeta, continuara preguntándote, hasta quedarme dormido en tus brazos:

Dime papá:

¿Por qué sale el arco iris?,
¿Y por qué ladran los perros?
¿Por qué esa furia del viento,
que no deja de silbar?

Dime papá:

¿Quién pinta blanca la nieve?
¿Quién hizo así la mañana?
¿Por qué los pájaros cantan,
y no paran de cantar…?

Sin embargo, ¡cuán orgulloso me siento que fueras mi padre! ¡Cuánto orgullo siento cada vez que escucho lo que de ti me dicen! : que eras muy estricto, pero tierno; muy responsable, superhonesto, solidario, trabajador, buen esposo, fiel amigo, excelente hermano, ejemplar padre y, sobre todo, muy entregado y amoroso con tus hijos.

Unos hijos para los cuales deseaste siempre todo lo mejor, muy especialmente que fueran personas de bien y se formaran académicamente. Y cuán satisfacción ciento al saber que mi madre, ese ángel con nombre de mujer, haya honró esa noble aspiración y también mi nombre, al asignarme el tuyo: Domingo.

Todo lo antes externado significa, que para dicha de tus seis vástagos, el timón del barco familiar quedó en buenas manos, en las manos de la mejor madre del mundo.  En las manos del ser más extraordinario del universo. En las manos de tu esposa, doña Librada Ramos, nuestra inolvidable y hoy extinta progenitora. Unas manos que supieron conducir el barco hacia el puerto que tú siempre soñaste.

Por eso debes sentirte tranquilo en tu eterno refugio del más allá, en tanto que aquí, en el más acá, por primera vez en mi vida, y con motivo del «Día de los padres», aprovecho para decirte pletórico de amor y sentida gratitud:

¡Te felicito papá!

Domingo Caba Ramos

El autor es profesor universitario de Lengua y Literatura.

dcaba5@hotmail.com