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La irreverente orfandad

Publicado por Redaccion Diario55  |  Opinión |  lunes 3 mayo 2021

Quien no haya experimentado esta condición, sabrá poco de sufrimiento y abandono, peor, si la muerte sorprende a nuestros progenitores en la tierna niñez, cuando todavía necesitamos de ellos, hasta para dar los primeros pasos.  

Esto marca para siempre, por mucho consuelo que encontremos de almas piadosas, como fue mi caso en particular, cuando las tinieblas cubrían los días, por más que brillara el sol, como si el mundo cayera sobre mis espaldas.  

Corría el último tercio de 1958, cuando al despertarme, tropiezo con la orfandad. Era septiembre 15, en un campito de Altamira, llamado Pescado Bobo, o (Pecao Bobo) como dice su gente, ahí supe de sus presagios.  

Cada nuevo nacimiento, nos muestra como inocentes, niños hambrientos, que sólo buscan ser amamantados, “ajenos” a las causas de este otro despertar, que luego empieza a hacer preguntas, buscando respuestas.  

Al arribo, mi progenitor tenía maletas preparadas, para irse con el Señor, dicen los creyentes. Clara señal, del desafío y avatares que traería tal desamparo. Pocos días disfruté su calor, quien, al marcharse, encomendó mi cuidado a “Dios”.  

Dejando un futuro incierto a cinco hijos, procreados con una adolescente, que, sin haber cumplido la mayoridad, ya era madre y experimentaba la viudez. Contando con 3 o 4 años, fui dado a sus compadres, Raúl Almánzar y Margarita Beato, residentes en el Hoyazo, Pedro García, porque según ella, serían quienes me ayudarían a estudiar y ser "grande". En febrero, de 1966, hizo su última visita a verme, pues, aunque lo había regalado, no deseaba deshacerse del hijo, tendría 7 u 8 meses de gestación de otra pareja.  

Hacía una larga travesía, caminando lomas y vadeando ríos, y tener que salir a escondida, porque nunca renuncié a vivir sin ella y los míos; y hoy, estaba renuente a quedarme. Después de mucho batallar, prometió volver por mí, cuando saliera del embarazo, sin imaginar, ese sería nuestro último encuentro.  

El 30 de marzo, del mismo año, ella se marchó, para no sólo ser huérfano de padre, ahora el desamparo era total; lo que puso de manifiesto la grandeza de esas almas, que, sin necesitar otro miembro en la familia, asumieron el compromiso. Cuyo hogar, conmigo completó el hijo número 16, aparte de otros, que mi padre putativo tenía con otras esposas.  

Hoy creo, no fue una decisión de la mujer que daba al hijo, ni de la familia que lo recibía en encomienda, si no, una coartada espiritual, para curar heridas del pasado. No soy dado a hablar de mí, aunque próximamente verá la luz (Fragmentos de un Ser Desconocido), narrando ampliamente estos hechos.  

Como único propósito, de dar la voz de alerta al Estado, para que cuiden de los desamparados. Que tengan refugios seguros, donde desarrollarse con dignidad, aunque admito, las dificultades vividas a veces nos hacen mejores humanos.  

Pero cargo el sufrimiento, de aquellos que el feminicidio y abandono oficial dejan vulnerables, que, de no encontrar a almas buenas, como Margarita, capaz de compartir el amor de los suyos con este que llegó sin anunciarse sufrirán al máximo.  

Por eso, a pesar de la irreverente orfandad, fui privilegiado, pues en ese entorno, encontré otras madres, que asumieron mi causa y sufrían mi dolor. En un Estado indiferente como el nuestro, huérfanos y quienes asumen su cuidado sufren lo mismo, porque muchos aceptan el reto, sólo por amor, pero sin condiciones, ni siquiera para los propios.  

alex15958@hotmail.com 

Twitter, @alexalma09