Acta de Independencia de 1863

Desde que se formalizó la anexión a España en 1861 por el general Pedro Santana, ese acto encontró resistencia de una parte importante del pueblo dominicano. Algunas rebeliones posteriores no tuvieron el éxito esperado, pero sembraron el germen de la lucha armada para restaurar la soberanía. Por eso, cuando los patriotas dominicanos entraron a nuestro territorio el 16 de agosto de 1863  con el llamado ¨Grito de Capotillo¨ las condiciones estaban dadas para el inicio de la guerra que se extendió rápidamente por los pueblos del Cibao.

Esa guerra popular demostró la valentía y la decisión indeclinable de ser dominicanos, particularmente en la Batalla del Santiago el 6 de septiembre de 1863, cuando el general Gaspar Polanco y su ejército rodearon la importante Fortaleza San Luis y tomó la decisión de incendiar parte de la ciudad, logrando desalojar las fuerzas imperiales.

Luego, el 14 de septiembre de 1863, aquí en  Santiago de los Caballeros, se instaló el Primer Gobierno Restaurador. Previamente se había redactado, aprobado y firmado el Acta de Independencia (“que debió haber sido el Acta de la Restauración de la República”, según Juan Bosch) por personalidades de nuestra vida pública.

Transcribo algunos de los nombres de los firmantes del Acta, según lo certificó Francisco Dubreil,  Oficial Mayor de la Comisión de  Relaciones Exteriores:  “Benigno F. de Rojas, Gaspar Polanco, José A. Salcedo, Benito Monción, Manuel Rodríguez, Pedro A. Pimentel, Gregorio Luperón, Genaro Perpiñán, Pedro Francisco Bonó, Máximo Grullón, J. Belisario Curiel, Estevan Almánzar, Ulises Espaillat, C. Castellano, Juan A. Vila, F. A. Bordas, Manuel Ponce de León,  Dionisio Troncoso, Presbítero Miguel Quezada¨…y muchas personas más.

La primera parte de dicha ¨Acta de Independencia de 1863¨, dice:

“ACTA DE INDEPENDENCIA. Nosotros los habitantes de la isla de Santo Domingo, manifestamos por medio de la presente Acta de Independencia, ante Dios, al mundo entero, y al trono de España, los justos y los legales motivos que nos han obligado a tomar las armas para restaurar la República Dominicana y reconquistar nuestra libertad, el primero, el más precioso de los derechos con que el hombre fue favorecido por el Supremo Hacedor del Universo, justificando así nuestra conducta arreglada y nuestro imprescindible obrar, toda vez que otros medios suaves y persuasivos, uno de ellos muy elocuente, nuestro descontento, empleados oportunamente no han sido bastantes para persuadir al trono de Castilla: que nuestra anexión a la corona no fue la obra de nuestra espontánea voluntad, sino el querer fementido del general Pedro Santana y sus secuaces, quienes en la desesperación de su indefectible caída del poder, tomaron el desesperado partido de entregar la República, obra de grandes y cruentos sacrificios, bajo el pretexto de anexión al poder de la España, permitiendo que descendiese el pabellón cruzado, enarbolado a costa de sangre del pueblo dominicano y con mil patíbulos de triste recuerdo”. (…).

La restauración plena de la República fue obtenida en 1865.