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El General Don Gallo renuncia al machete por la enseñanza

Publicado por Redaccion Diario55  |  Opinión |  jueves 28 noviembre 2019

Transcribo a continuación la última parte de la fábula escrita por Juan Bosch, publicada en 1934 en la revista Alma Dominicana. El autor de la misma desarrolla la forma de vida vacía y envanecida del personaje el General Don Gallo, abandonando su tierra por otras propias de su soberbia. A su regreso toma conciencia de su forma de vida vanidosa, la cual abandona por una nueva, humilde y de servicio, que es donde reside el mensaje o moraleja de la narración. Dice así: 

            “El General Don Gallo dio otra vuelta con una ala bajita, murmuró no sé qué cosa, y aseguró con voz sonora: -Volveré pronto, querida. En un momento acabaré con los guapos que haya en el país, y entonces vendré a ofrecerte mis triunfos. Y se fue, levantando mucho las patas, con su gran machete seibano arrastrándole por el camino. A poco, dejó éste para tomar la carretera, que, según él, era la única vía digna de su grandeza; y al caer la tarde, cansado, buscó un árbol donde subirse para pasar tranquilamente la noche y soñar con la señorita polla.

            “Pero precisamente aquella noche decidieron los dueños de las gallinas que dormían en el mismo árbol hacer un sancocho, y como cogieron las aves en la oscuridad, le tocó al General Don Gallo ser de las destinadas al fogón. -¡Como…! –gritó indignado, cuando vio el fin de sus compañeros. Y trató de sacar su gran machete seibano, pero no pudo, porque, a pesar de todo, tenía mucho sueño. Pero cuando se vio irremisiblemente perdido, tuvo que pensar en huir, aunque ello no era, por supuesto, la solución más digna de un general tan valiente como él. Con todo, lo hizo; pero se dejó su hermosa cola entre las manos del dueño de la casa, y como a huir se empieza pero no se acaba y, además, huyendo el miedo crece, Don Gallo no se paró hasta que se vio otra vez en El Seibo. Entonces fue cuando se dio cuenta de que le faltaba su más hermoso adorno; pero se consoló pensando que valía más haber perdido la cola que su vida.

            “Al otro día, preguntó por la señorita polla; pero he aquí que como, pelón como estaba, nadie le reconocía, no le hicieron caso y se fueron a charlar con otro gallo joven. -¡Ándense con cuidado, sinvergüenza…! –tronó –¡Yo soy el más guapo! Pero todos se le rieron, y como él no podía pelear con tantos, aunque pretendió desenvainar el machete, tuvo que acabar por irse, muy apenado, y resolvió esperar en el monte a que le creciera la cola. ¡Miren que “bolo” tan feo…! –decían las señoras gallinas. El dueño le tiro un palo, no reconociéndole, y el General Don Gallo tuvo que huir por segunda vez en un día. Cuando volvió al pueblo, era ya tan viejo que no podía con el machete y en sí no veía, a pesar de haberse comprado unos espejuelos muy buenos en la tienda de Doña Pata. Entonces se quedó asombrado, al comprobar que ya la señorita Polla era una madre de familia, con pollitos de lo más gracioso, que ni siquiera quiso oírle. Don Gallo –pues ya no quería ser general– colgó su viejo machete de un clavo, en un palo del patio, y decidió hacerse maestro de escuela. Y lo que enseñaba, sobre todo, a sus discípulos, que eran unos gallitos muy emperifollados, era esto: 

            “Si no dejan de ser vanidosos, pueden fácilmente perder la cola cuando menos. La vanidad, amiguitos, conduce infaliblemente a la olla y al ridículo”.