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Cuatro breves reflexiones

Publicado por Redaccion Diario55  |  Opinión |  lunes 3 septiembre 2018

 

  1. En mis primeros meses como abogado, tenía la responsabilidad de redactar una demanda. Invertí varios días dándole vueltas al tema, sin aterrizar. Me colocaba frente a la “máquina de escribir” y me decía: “Pedro, espera un poco más para que las ideas fluyan”. Y nada ocurría. Pero en un santiamén me olvidé de las excusas, tomé el control y decidí actuar, terminando mi tarea en apenas 15 minutos. 

 

Debemos ocuparnos de los problemas, no preocuparnos por ellos. Por el solo hecho de iniciar una labor ya hemos transitado buena parte del camino. Solucionar nuestros asuntos o alcanzar nuestras razonables metas suele ser más simple de lo que creemos, lo lamentable es que complicamos el trayecto o lo recorremos tarde o sin ganas, lo que nos aparta del éxito.

 

  1. Odiar una causa me impide amar otra. Tengo mis convicciones, lucho por ellas. Soy respetuoso de quien piensa distinto y lo hace también con noble y férrea voluntad. En el campo de las ideas que se manifiestan de buena fe, las diferencias no determinan la verdad.

Eso sí, de ser necesario enfrentemos con valentía a quienes con sus declaraciones y acciones perjudican al Bien Común, pues las malas intenciones protagonizan sus vidas; esas personas son fácilmente reconocibles y estoy convencido de que son minoría, por lo que a veces es mejor dejarlas solas, pues sus conductas las delatan y ellas mismas se destruyen.

 

  1. He aprendido que la belleza sin nobleza es fealdad, la belleza sin honestidad es tierra que se agrieta con facilidad, la belleza sin talento es empalagosa, la belleza sin gracia es maniquí, la belleza sin humanismo es corazón sin latidos, la belleza cosmética es humo que se va con una simple brisa, la belleza que se vende es efímera, la belleza que se compra es nube pasajera y la belleza que se expone es la vanidad del infeliz. Solo perdura la belleza invisible, esa que habita en nuestras conciencias.

 

  1. La intensidad del cariño a un familiar o a un amigo no depende de la frecuencia con la que compartimos, ni de la distancia que nos separe. La amistad traspasa todo eso. Basta saber que el familiar o el amigo está allí y que estamos dispuestos en cualquier momento a escucharnos, a darnos la mano, a protegernos.