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Planificación estratégica de territorios: buenas prácticas

Publicado por Redaccion Diario55  |  Opinión |  miércoles 13 junio 2018

Los expertos de Cataluña José María Pascual y Manuel de Forn Foxa fueron los autores que el planificador urbano José Raúl Fernández, nos encomendó estudiar. Llegue de consultor al Plan Estratégico Santiago y en ese momento, eran autores desconocidos. Había leído los clásicos de economía-política, como Adam Smith, David Ricardo, Robert Malthus y Karl Marx. También la teoría de capital social de Bernardo Kliskberg y Rebeca Greenspan y sus herramientas de gestión; y otros en planificación clásica como Carlos Matus y Capote Mir. Sin embargo, había profundizado poco en la teoría social del urbanismo y la planificación territorial. 
    
Pascual Esteve y Forn Foxa son los culpables que me encantara la planificación estratégica territorial (PET) como un ejercicio profesional. Para ambos la realidad de Barcelona al iniciar su plan estratégico territorial (1988) se apartaba mucho de las muy buenas experiencias que hoy tienen ciudades iberoamericanas en planes estratégicos. Hoy estas disciplinas son parte sustantiva de todo proyecto de transformación de un territorio. En el siglo XXI, sin estas herramientas todo accionar luce parcial, aislado y disperso. Con ellas las máximas y mínimas intervenciones en un territorio adquieren las denominadas tres C de la planificación territorial: Connotación, Consistencia y Coherencia.    
    
Se trata de llegar al fin formulando la estrategia de actuación de un territorio. El medio para delinear y concretar esta estrategia es el plan estratégico territorial. Sin embargo, debe subrayarse que un buen plan estratégico territorial se alimenta de otros instrumentos tales como la gestión de calidad de servicios públicos, buenas normativas urbanísticas, políticas de investigación, desarrollo e innovación (I+D+i), y de diversos planes sectoriales y sociales. 
    
El plan estratégico territorial no es un ritual metodológico, menos un concierto de filósofos y arquitectos que trazan líneas y planos propios de futuro. En la práctica, es un proceso flexible destinado a dotar un territorio concreto llámese ciudad, metrópolis o región, de una estrategia que proporcione identidad, singularidad, notoriedad y marketing territorial. El plan estratégico territorial compromete y hace “dueños del desarrollo” y les otorga capacidad para transformar una ciudad, a los actores estratégicos de ese territorio. 
    
Un buen plan estratégico territorial (PET) no es similar al plan estratégico de una empresa o de una institución. El PET se emplea a fondo en analizar los disímiles actores estratégicos del ámbito de su competencia. En conocer sus estrategias, las relaciones y contradicciones que establecen entre sí, las posibilidades y condicionantes a tener en cuenta para lograr una estrategia compartida. En Santiago, los planes estratégicos territoriales se emplean en diseñar procesos apropiados para gestar la colaboración de todas y todos los actores clave para la exitosa elaboración de una estrategia conjunta y un real compromiso ciudadano para aplicarla.
    
Para J. Pascual y M. Forn Foxa, la elaboración de un plan estratégico debiera asegurar los siguientes productos entregables: i) identificación de una estrategia con capacidad de dar un mayor protagonismo a la ciudad en el impulso de su desarrollo económico y social; ii) desarrollo de la cooperación pública y privada, entre los principales actores urbanos y su compromiso para desarrollar la estrategia en la medida de sus responsabilidades y competencias y iii) establecimiento de un importante proceso de participación social capaz de difundir una cultura de ciudad, de sus retos, de sus oportunidades, que facilite la colaboración municipal  en la tarea conjunta de “hacer ciudad”.
    
Decenas son las ventajas de concretar una estrategia a través de un plan basado en la cooperación pública y privada y la participación social. Se consigue implicar a los principales actores con capacidad para transformar el territorio urbano, lo que constituye una condición necesaria para disponer de una estrategia creíble, y desarrollar una gestión estratégica por parte de los principales tomadores de decisiones. Articular en un solo proyecto de gestión del cambio a todos los actores y se establecen sinergias importantes entre las actuaciones y proyectos de los principales actores que refuerzan el dinamismo y la cualificación de la ciudad. 
    
Un plan estratégico territorial debiera consensuar pocos pero categóricos proyectos. De lo contrario será muy difícil poderlos impulsar y darles seguimiento. Esto se logra con la participación social, contemplando si no todas, sí la mayoría de ideas y proyectos de los que dispone la ciudad, lo que constituye una garantía para poder hacer una priorización de criterios, objetivos y proyectos realmente importantes, y de este modo, lograr una gran legitimación social de los principales elementos de la estrategia urbana. En Santiago esta es una virtud históricamente conocida. 
    
De todos modos, lo fundamental de la participación es la capacidad de integración social del movimiento asociativo y empresarial en un proyecto, y la ilusión y el sueño de la ciudadanía que puede poner en marcha una auténtica transformación territorial. Muchos urbanistas se confunden pues entienden la planificación estratégica territorial como un proceso de trazado de sus líneas y diseños propios sobre nuevos proyectos. 
    
Según J. Pascual y M. Forn Foxa, la virtud de imaginar nuevas ideas y proyectos territoriales es una premisa social de la PET. Una capacidad y funcionalidad a lograr por la ciudadanía que participa en la planificación. El arte de la planificación enseña que la planificación estratégica territorial tiene dos finalidades. Primero, promueve el surgimiento de nuevas ideas ciudadanas orientadas hacia problemas estratégicos que resueltos aportan al menos 20 años de progreso sostenible. Segundo, comprueban si los productos de la imaginación se adecuan a las dinámicas sociales. Igualmente si son viables (articulan poder compartido) y factibles (generan rentabilidad social). En especial si se incorporan en la estrategia de los actores de un territorio, en nuestro caso la Metrópolis de Santiago. 

Reynaldo Peguero, director del Plan Estratégico de Santiago. rpeguero.pes2020@gmail.com