Ultima Actualización: miércoles 19 septiembre 2018  •  09:29 AM

Rafael Leónidas

Publicado por Redaccion Diario55  |  Opinión |  jueves 10 mayo 2018

(Cuento)

Tronara o lloviera, todas las mañanas de lunes a viernes invariablemente,  Rafael Leónidas traspasaba el umbral del sobrio edificio para iniciar su rutina laboral.
     
El  “Jefe del país” de entonces, era puntual. Dictatorialmente puntual,  y,  por supuesto, el otro,  Rafael Leónidas, el humilde  empleado público no escapaba a esa realidad política.  
                  
El miedo era tal que se podía apostar peso a morisqueta  a que cuando Rafael Leónidas abría la gaveta central de su escritorio la sirena de las 7:30 AM. del pueblo, le acompañaba con retraso.
     
Por algo difícil de explicar, ese día  de pago, el 25 para los servidores públicos, iba a ser distinto. Hacía más de 20 años que  aquel hombre alto y flaco, de color “indio”, siempre cambiaba el cheque, humedecía con la punta de su lengua  las yemas de sus  dedos índice y pulgar derechos, tomaba el dinero  y lo colocaba por partidas de iguales denominaciones encima del vidrio que revestía el escritorio. Y lo guardaba en la gaveta. 
         
Parecía tener más edad. No traslucía sus sentimientos. Poco quedaba del joven entusiasta luego de la frustrada expedición militar de Cayo Confites contra la tiranía, porque la juventud de entonces, quedó negativamente  impactada. Sin esperanzas.  
.  Rafael Leónidas desanudó su corbata negra,  y comenzó a distribuir su rosario de deudas. “Tanto para la casa...Tanto para la comida...Tanto para los intereses y capital del préstamo aquel… Finalmente tomó todo el dinero y lo guardó en la gaveta central de su escritorio.  Luego, tomó entre sus manos el periódico,  lo abrió en la página 8, donde estaba el horóscopo diario. Signo decía: “LEO. Del 22 de julio  al 21 de agosto: “Alguien pudiera encontrar sus ideas demasiado fantásticas. Tal vez esa persona carezca de imaginación. Evite a los que puedan bloquearle”.
    
A Rafael Leónidas le brillaron los ojos, alzó las cejas y razonó: “Ya yo sé lo que voy a hacer”.  El sonido de las máquinas de escribir preñaban el ambiente. Sus manos volvieron sobre la gaveta, extrajo el dinero y con él formó un solo fajo de billetes, los emparejó dándole tres tiernos golpecitos en la parte superior y lo guardó en el bolsillo delantero del pantalón, repitiéndole otros tantos golpecitos por encima del mismo y abandona rápidamente el sillón y el salón departamental. Le hizo una conocida señal a su segundo al mando de que se iba ausentar.  Mientras se alejaba, iba masticando este soliloquio: “Me voy a pegar unos cuantos tragos para  despejar la mente. El mejor sitio es el patio de Carlos el trovador,  allá en la  barranca que mira que reojo el río...después ya veremos... Los cuartos están hechos....Esto nada más pasa una vez al año.
     
La sirena de La Tabacalera partió en dos el día desgaritándose con la tarde,  mientras un hombre desesperado desaparecía y se fundía entre el hormiguero diario de la
calle Del Sol para consumir su futuro y el de los suyos en sabe Dios cuántas botellas de ron..
     
Total él podía proclamar también aunque fuera una vez en su vida:  

“¡ROMPAN  FILA Y QUE VIVA EL JEFE!  CARAAAAAJ…”