Ultima Actualización: martes 27 junio 2017  •  11:16 AM
La gran lección de Monseñor Meriño
Publicado por Redaccion Diario55  |  Opinión |  viernes 9 junio 2017

Monseñor Fernando Arturo de Meriño (1833 - 1906) fue  uno de los dominicanos que más se distinguió  o mayor prestigio alcanzó durante la segunda mitad del  siglo XIX.

Además de desempeñar  los más  altos cargos de la nación, este ilustre sacerdote también  adquirió fama de brillantísimo orador, por lo que ha sido considerado,  con sobradas razones, como el padre de la oratoria dominicana.

Entre sus discursos memorables se registran el que   pronunció desde el púlpito para recriminarle con dureza y valentía al general  Pedro Santana, presidente del país, sus aviesos propósitos de anexar la República a España (1861) y el que pronunció el 8 de diciembre de 1865 para, en su condición de presidente de la Asamblea Nacional, recibir el juramento a Buenaventura Báez, nuevamente ascendido al solio presidencial. Una y otra pieza oratoria condujeron al osado “Padrecito”, como lo llamaba Santana, a  morder el polvo amargo del exilio.

Cuando se consumó  la anexión (18 de marzo de 1861 ), Báez se encontraba en Europa, y en lugar de regresar a su tierra  para sumarse al movimiento restaurador, optó por prestar sus servicios nada más y nada menos que  a la misma monarquía, la  española, bajo cuyo protectorado se había extinguido la independencia dominicana.

Cuando el ejército español abandona el territorio dominicano, en febrero de 1865, ¡oh ironía de la vida!, Buenaventura Báez, el mismo que había permanecido enfundado en   el uniforme de Mariscal de Campo del ejército español, regresa, y meses después es juramentado presidente de la República.

Meriño no podía callar ante tan oportunista y traicionera conducta, y con su verbo de acero lanza al rostro del mandatario recién juramentado la siguiente admonición:

         « ¡Profundos e inescrutables secretos de la providencia...! Mientras vagabais por playas extranjeras, extraño a los grandes acontecimientos verificados en vuestra patria, cuando parecía que estabais más alejado del solio y que el poder supremo sería confiado a la diestra victoriosa de alguno de los adalides de la independencia..., tienen lugar en este país sucesos extraordinarios... Vuestra estrella se levanta sobre los horizontes de la República y se os llama a ocupar la silla de la primera magistratura. Tan inesperado acontecimiento tiene aún atónitos a muchos que lo contemplan... »

Y acto seguido  le advierte, con la misma virulencia, sobre el enjuiciamiento a que podría ser sometido si en el desempeño de sus funciones viola la ley y no trabaja por el bien de la patria:

            « Empero yo, que sólo debo hablaros el lenguaje franco de la verdad; que he sido como vos aleccionado en la escuela del infortunio, en la que se estudian con provecho las raras vicisitudes de la vida, nos prescindiré de deciros, que no os alucinéis por ello; que en pueblos como el nuestro, valiéndome de la expresión de un ilustre orador americano, “Tan fácil es pasar del destierro al solio, como del solio a la barra del senado” »

En su histórico discurso, el entonces llamado “Pico de Oro” utilizó la tribuna parlamentaria no sólo para condenar el oportunismo de Báez y la ascensión de este a un poder que no merecía, sino para criticar con su ardiente verbo las antipatrióticas acciones llevadas a cabo  por tiranos, traidores, oportunistas y demás enemigos del pueblo. Y aprovechó también para sugerirle al dictador el tipo de gobierno que debía desarrollar en bien de la nación dominicana:

       « Gobernar un país, vos lo sabéis, ciudadano Presidente, es servir sus intereses con rectitud y fidelidad; hacer que la Ley impere a la propiedad, afianzando el amor al trabajo con todas las garantías posibles; favorecer la difusión de las ciencias para que el pueblo se ilustre, y conociendo sus deberes y derechos, no dé cabida a las perniciosas influencias de los enemigos del orden y de la prosperidad; cimentar sobre bases sólidas la paz interior y exterior para facilitar el ensanche del comercio, de la industria y de todos los elementos de público bienestar; esforzarse, en fin, en que la moralidad eche hondas raíces en el corazón de los ciudadanos, para que de este modo el progreso sea una verdad, y se ame la paz y se respeten las leyes y las autoridades, y la libertad se mantenga en el orden…»

Meriño entiende que el progreso de la Nación  sólo es posible si quienes la dirigen poseen un alto nivel de moralidad. Para ello aconseja escoger los mejores hombres sin importar banderías  políticas:

«La moralidad es la base inalterable del bien público y sin ella la prosperidad de la nación es una quimera... Escoged siempre a los ciudadanos de conocida honradez, a quienes solamente se deben encomendar los destinos públicos, poseyendo aptitudes para desempeñarlos. Escogedles de cualquier partido político que sean, que entre hombres de bien, un gobierno ilustrado no debe hacer diferencia »

Sólo así podrá evitarse la repetición de un triste pasado que el mismo prelado se encarga de rememorar:

« Tiempos hemos tenido en que el vicio y el crimen, apoyados en los brazos de la tiranía, invadieron los puestos públicos e hicieron de los bienes de la nación su patrimonio. Del reinado de la inmoralidad vino la venta de la patria »

Y de la misma forma que establece quiénes deben gobernar al país, Meriño sostiene que deben ser excluidos de la administración pública los malos ciudadanos, los que se adueñan de la propiedad ajena, los desfalcadores de los bienes nacionales, los que negocian con la justicia, los que especulan en utilidad propia con los empleos y los que tránsfugas de todos los partidos, sin profesar ningunos principios, sólo aspiran a medrar, estimulados por la sed hipócrita de innoble ambición.

Ya en la parte final de su discurso, el entonces Príncipe de la Iglesia Católica insiste en su interés de que para gobernar a la nación  sean  escogidos los buenos patriotas y los hombres de principios por cuanto estos, según sus palabras, « están siempre dispuestos a prestar sus servicios a los gobiernos progresistas y liberales, a los gobiernos verdaderamente nacionales. Ellos sólo les niegan su apoyo cuando les ven posponer los intereses públicos a los privados, cuando comprenden que el despotismo ha ahuyentado la justicia del solio del poder, cuando, en fin, en vez del mandatario elegido para labrar la felicidad del pueblo, se descubre en la silla presidencial al tirano sanguinario, al inepto y perjudicial gobernante, o al especulador audaz que amontona colosal fortuna, usurpando las riquezas que el pueblo le confiara para que le diese paz, libertad y progreso »

 Ojalá  que tan edificante    lección  pueda ser  conocida, asimilada  y puesta en práctica, no sólo   por todos los que  en la República Dominicana logren terciarse en sus pechos la banda presidencial, sino  por todos  los que  desempeñen o piensen desempeñar  un cargo  público.