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El compromiso del que escribe

Publicado por Redaccion Diario55  |  Opinión |  lunes 24 abril 2017

En estos días me preguntan con cierta frecuencia lo que pienso al escribir y la responsabilidad que implica. Respondo que me atormenta expresar embustes en las ideas centrales, aunque en la forma me tomo pequeñas dispensas. No me refiero a los escritores donde la fantasía es fundamental, como  son los novelistas, cuentistas, poetas…

Escribir representa un compromiso muy grande, tenga el autor experiencia o no. Cada palabra es una extensión de nosotros y una muestra del desarrollo de nuestra personalidad. Debemos escribir de buena fe y reconocer que nuestras ideas maduran, que se modifican con el tiempo, aunque en esencia seamos las mismas personas.

El que escribe no puede ser miedoso, a sabiendas de que lo que consideramos un deber publicar es algo subjetivo, donde destacamos elementos quizás apenas percibidos por nosotros. Para escribir hay que ser valiente y decente, lo que en ocasiones no es sencillo combinar.

Evitemos a los escritores que borraron de su vocabulario palabras como justicia, igualdad, fraternidad, libertad, honestidad, valor y trabajo. Incluso, los hay tan huidizos que prefieren no enterarse de lo cierto, porque los debilita emocionalmente.

¡Ay! Me apenan los escritores que carecen de vida, de pasión, de ego sano; esos que se van por las ramas, que aman lo superficial, que se ciegan ante el dolor ajeno; esos que se adaptan a lo que les permite estar en el juego, aunque todo esto convierta su honor en una piñata, donde hasta los niños le entran a palos. El escritor tibio da lástima.

El escritor defiende con coraje “su verdad” y es humilde para admitir sus errores y limitaciones. “Nuestra verdad” hay que darla a conocer. Para encontrarla basta aferrarse a la moral universal y a los dictados de nuestra conciencia y si lo logramos nos equivocaremos menos.

 “Verdad”, esa palabra tiene peso, aunque solo sea la nuestra. No todos tienen la fuerza de levantarla y llevarla orgullosos en sus hombros y exhibirla como un trofeo. Y la verdad es que la “verdad”, en el que escribe y en el que no, tarde o temprano resplandece, íntegra, audaz, potente, feliz, mirando desde las alturas a los insignificantes que quedaron intactos en el fango, atrapados eternamente entre la falsedad y la cobardía.